| Crítica | Fotografía | RODRÍGUEZ SEVILLANO EN LA SALA CAMPUS STELLAE
Fragmento como origen
Sísifo es un personaje de la mitología griega relacionado con la mentira y la avaricia. En el infierno es condenado a empujar una enorme piedra por una ladera empinada que, justo en el momento en que alcanza la cima, vuelve a caer. Existen diversas interpretaciones para este castigo, personificación del mar traicionero que sube y desciende bruscamente, o de las consecuencias de los designios marcados por los dioses para los mortales. Sísifo también sería un símbolo de la lucha infructuosa del hombre por alcanzar la sabiduría. En todo caso, por encima de las interpretaciones gravita la idea del eterno sufrimiento por alcanzar el cenit, el objetivo, y un retorno sin fin a lo idéntico. Indudablemente esto se presta a multitud de juegos simbólicos que permiten implicar la realidad personal con su desdoblamiento en lo social. Fruto de esta relación se producen paradojas, frustraciones, falsas expectativas, deseos insatisfechos. Ese choque eterno, y el sufrimiento que conlleva, es arrastrado a territorios personales en su relación con el mundo en la obra que presenta Rodríguez Sevillano. Las imágenes son de pequeño formato, pero no por ello pierden su capacidad evocadora. Toda la exposición funciona como una secuencia completa en la que cada fotografía sería a su vez un fotograma completo y cerrado en sí mismo. El resultado final queda abierto a más posibilidades, puesto que cada imagen concluye en sí misma y a la vez forma parte de un discurso narrativo e iconográfico común. Es por esto y por el tratamiento denso, el uso de la luz para enfatizar algunos elementos dentro de un ambiente general conscientemente asfixiante, y el contraste en la utilización de algunos elementos, como calaveras lo que hace que cada imagen tenga fuerza por sí misma. Es obsesiva la reiteración de la presencia del propio artista retratado en las obras, e incluso se repite su imagen, facetada en varios planos que se solapan. Al igual que Sísifo, no alcanza nunca la cumbre de la montaña. El autor parece anunciar con el desdoblamiento de su imagen que nunca se llega al verdadero reflejo de uno mismo, y la dificultad de alcanzar la auténtica identidad. Abre una última puerta simbólica a través de la íntima relación que mantiene con las calaveras. Flirtea con el momento final y, sin embargo, parece haber un cierto deleite en ello. En imágenes se evidencia lo inevitable. Horario: de 8.00 a 13.00 y de 15.00 a 17.00, lunes a viernes. Maristas San José.