Una gozada sin sal

Dos fotogramas de «Ratónpolis», de la factoría Dreamworks
Es una gozada de animación, pero al mismo tiempo renuncia a su capacidad para sorprender más allá de su espléndido diseño visual y su elevado nivel técnico. Vamos, que la trama no supera lo previsible, hasta el punto que acabas con una sensación próxima a la indiferencia. Aún así, Ratónpolis confirma que la animación goza de buena salud si consigue encontrar el punto de equilibrio que le impida saturar las pantallas (2006 batió el récord en número de estrenos), provocando un empacho que termina por trabajar en su contra. Coproducida por la norteamericana Dreamworks Animation y la británica Aardman Animations, es la primera película de animación por ordenador que afrontan estos últimos, aunque ambas empresas ya habían colaborado en dos genialidades en plastilina: Evasión en la granja y Wallace & Gromit: la maldición de las verduras . En ésta ocasión optan por mezclar la plastilina y las tres dimensiones, con lo cual el resultado es un asombroso híbrido. Ambientada en el subsuelo de Londres, tiene como protagonista al ratón Roddy St. James, que vive francamente bien en la superficie. Su vida se complica cuando Sid, vulgar rata de alcantarilla, le tiende una trampa y le envía al mundo subterráneo. Como es habitual en el género, la organización social, los sentimientos y las actitudes de los personajes son idénticas al mundo de los humanos, con lo cual los autores y guionistas de Ratónpolis (los debutantes David Bowers y Sam Fell), prefieren recrearse en la cuestión formal, con unos fondos de pasmo, un evidente cuidado del detalle y un ritmo ciertamente vertiginoso sazonado con humor, ironía británica, canciones en su punto y los obligados toques sentimentales. Así como otras optan por una excesiva infantilización o bien escoran al lado contrario descuidando a su público natural, ésta se dirige a toda la familia. «RATÓNPOLIS»: EE.UU., 2006. Dirección: David Bowers y Sam Fell. Guión: Dick Clement, Ian La Frenais, Peter Lord, Sam Fell, Christopher Lloyd, Joe Keenan y William Davies. Música: Harry Gregson-Williams.