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Viaje a los abismos del alma
No hay duda de que escuchar a José Van Dam en directo es siempre una experiencia inolvidable y única para poder valorar lo que un gran cantante puede hacer con una voz portentosa, aunque esa voz no sea ya la de hace quince o veinte años. Ahora tiene 67 y, desde luego, sus facultades canoras no mantienen el poderío de antaño ni la elasticidad vocal de entonces, pero su estilo contenido, su forma de construir cada lied de ese majestuoso y tal vez el más redondo ciclo de canciones de Schubert, Winterreise , es sencillamente maravillosa. Acompañado por Roberto Giordano, un pianista de los de antes pese a su juventud, Van Dam se encontró cómodo con él en todo momento por la sabiduría en el ataque, la acomodación a sus condiciones vocales y el volumen cuidado que extrajo al piano para no sepultarle. Todos estos detalles fueron suficientes para que el recorrido por ese invierno desolado y frío encubriera de alguna manera las debilidades vocales del que ha sido definido como uno de los bajo-barítonos más importantes del siglo XX. Los años trascurridos han hecho mella suficiente en sus condiciones vocales pese a mantener una pronunciación irreprochable, un gesto y acentos cuidados y medidos, y una técnica sin balbuceos. En algunos pasajes el timbre sonó un poco seco y los graves a veces se resintieron volviéndose opacos y levemente destemplados, los agudos firmes y potentes, incluso brillantes en más de un momento. El fiato y la articulación perfectos y la emisión redonda sin problemas de pasaje. Una prueba de altura El Viaje de invierno no es fácil para ningún cantante por la gran dosis de interiorización que requiere. La soledad, la desesperación, el tibio consuelo momentáneo, son matices que exigen al cantante un dominio total de todos sus recursos tanto dramáticos como canoros. Algo que a Van Dam le sobra con creces. Será difícil escuchar otro concierto de este nivel, ni por la obra ni por lo exigente de la interpretación. Giordano, muy concentrado en todo momento y extremadamente pendiente de los momentos en que el piano cierra o introduce una canción, prestó todo su apoyo a Van Dam para convertir al recital en una auténtica lección de canto, de estilo y de placer estético. La voz de Van Dam continúa siendo bellísima, homogénea y extensa, aunque haya perdido algo de ese squillo (mordiente) que siempre le ha caracterizado, y si alguno al final se sintió un tanto contrariado por las debilidades mencionadas y no encontró el brillo característico del Van Dam de hace 20 años, mi pregunta sería ¿es que hace esos años nosotros éramos iguales? ¿Nos hace peores el haber perdido esas cualidades? Creo sinceramente que no y que Van Dam nos ofreció una lección de lo que significa el paso del tiempo y lo que es la verdadera carta de nobleza del canto.