Diario de León

la peseta cumple 163 años

Los herederos de Irene y sus pucheros

Quinta generación en la cocina. Abrió en 1850 y ha hecho historia. No sólo por su cocina, también porque es uno de los pocos negocios centenarios de España que siempre ha estado en manos de una misma familia. Esta es la historia de Irene y sus descendientes . z? por susana vergara pedreira

La cristalera que separa la cocina del comedor, enseña de La Peseta de Astorga desde que abrió en 1850. Luciano Sáez Alegre, Balbina Morán y sus dos hijos, Jorge (cocinero) y Ramón. Acceso a la cocina de La Peseta y los dos nietos de Irene Alegre en los m

La cristalera que separa la cocina del comedor, enseña de La Peseta de Astorga desde que abrió en 1850. Luciano Sáez Alegre, Balbina Morán y sus dos hijos, Jorge (cocinero) y Ramón. Acceso a la cocina de La Peseta y los dos nietos de Irene Alegre en los m

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Todo empezó en 1850, en la calle Señor Ovalle de Astorga. Allí, Leonardo Alegre y Florentina Ramos abrieron una pequeña tienda de ultramarinos. La familia había llegado de Moscas del Páramo en busca de mejor fortuna. En realidad, aquella tienda de comestibles donde se vendían salazones y bacalao, lo que se traía y llevaba por esos caminos de dios, hacía las veces de posada para arrieros, que para eso tenía entrada de caballos y carretas. Y directos a la cocina, los comerciantes maragatos que hacían parada allí levantaban las tapaderas de los pucheros puestos a fuego lento sobre el hogar para conocer el menú del día. O gritaban desde el zaguán: «¿Qué hay de comer hoy?». La respuesta era siempre la misma: «Lo que haya en la pota». Esa era la carta.

Así fue como Leonardo y Florentina echaron a andar en la capital de los arrieros. La tienda se transformó en venta de comidas y bebidas y con el transcurrir del siglo, en restaurante. La Peseta, le pusieron. Y ahí sigue, 163 años más tarde, en manos de la misma familia. Cinco generaciones al frente de los fogones.

Para cuando comenzó 1871, la casa de comidas de los Alegre ya figuraba en los libros de Matrícula Industrial del Ayuntamiento de Astorga. 68 pesetas con 90 céntimos pagaron ese año. En los documentos figura el padre, Vicente Alegre, que había abierto una tienda de vinos frente al Seminario. Entonces ya eran famosos en el vecindario aquellos guisos de congrio que la posadera cocinaba a la leonesa. Tanto, que los vecinos llevaban sus propias cazuelas a la cocina y pedían: «¡Arréglame esto, anda!». Y quizá fue eso lo que empujó a la familia a adentrarse en el mundo de las comidas.

Faltaban aún 29 años para que naciera Irene Alegría, estrenando el año 1900. Una mujer emprendedora e inquieta a la que ni la vida se le puso por delante. Ella transformó la venta en restaurante, cambió el concepto de negocio y hasta se atrevió a introducir la carta. Se acabó comer sólo al gusto del posadero pero no el paseo hasta la cocina para respirar el aroma de las viandas a cocción lenta, separada desde siempre del resto de la estancia por un cristal, y se mantuvo también aquella mesa corrida, larga como un tablón, en la que los clientes primero y luego la familia se sentaban a comer, en riguroso turno.

La mesa de banco corrido no, pero una cristalera entre cocina y comedor sigue presidiendo La Peseta que dirigen ahora, en tiempos del euro, Jorge y Ramón, los herederos del señor Alegre y, sobre todo, de la abuela Irene. Los quintos del árbol genealógico entre pucheros.

De Irene, dicen, aprendieron lo fundamental del oficio: el amor por la comida bien hecha y el olfato para saber qué cocinar. La abuela fue autodidacta y hasta arriesgada. Fue ella la que le cambió el nombre al negocio. Se inspiró en un pariente suyo que llevaba orgulloso una chaqueta de botones dorados hechos con perras. El tío Pesetas, le llamaban en la ciudad. Y La Peseta le puso Irene al establecimiento familiar.

No hablaba inglés pero se entendía con todo los viajeros, con una sabiduría innata para tratar con esos nuevos arrieros que transitaban por los caminos de siempre, un poco más arreglados, algo menos polvorientos, pero igual de traqueteados. Así es como se entendió con James A. Michener, escritor y novelista norteamericano, de ruta por el país para escribir I beria, viajes y reflexiones sobre España . La guía de viajes del autor de Sucedió en el Pacífico hizo fortuna en Estados Unidos. Especialmente su comentario sobre La Peseta, donde hizo «la mejor comida que jamás probó en España». Y a La Peseta llegaron durante décadas decenas de paisanos de Michener con su libro en la mano pidiendo lo mismo que él comió: lomo de cerdo adobado y garbanzos. Para sorpresa de los nietos de Irene, el plato se lo volvieron a pedir hace unos años. Era la hija de la secretaria del americano.

No llegó a conocer a la abuela, de la que tanto le habló Michener. Para entonces, la cocina era ya de Luciano Sáez Alegre y Balbina Morán.

Guardan miles de recuerdos. Momentos de una vida vivida alrededor de la cocina. «Estábamos a todas horas y a todas horas dábamos de comer. Nadie que entre en nuestra casa se marcha con el estómago vacío», cuenta Balbina.

«Vivíamos allí», tercian al unísono sus dos hijos, Jorge y Ramón. Son los artífices de los nuevos sabores de La Peseta, en donde se mantiene viva la cocina de siempre y la discreción sobre sus comensales. Cuesta trabajo arrancarles quiénes se sientan a su mesa y no hay ninguna foto que lo atestigüe.

«Quien viene aquí viene a gozar de nuestra hospitalidad y nuestra comida». Es la filosofía de la casa. Y lo que ha atraído desde la infanta Elena a Shirley MacLaine, la familia Larrañaga al completo, la hija de Franco, El Lute, Pita da Veiga, Calvo Sotelo o el mismísimo Pocholo.

En La Peseta se sigue haciendo aquel congrio exquisito arreglado a la leonesa, como se condimentaba cuando abrió en 1850. Y el bacalao, negocio de los arrieros, que se hicieron luego pescaderos en Madrid. Aquel que desde hace cinco generaciones se hace al gusto de la familia, al punto, sin hervir. Deshidratado ahora, que mandan nuevos tiempos. A Irene le gustaría, seguro.

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