SITIOS DE LEÓN
Seguid a las reinas
Ruta por la ciudad que pisaron las damas del viejo Reino de León

Calle del Cid y al fonso San Isidoro, el recorrido que hiizo doña Jimena, esposa del Cid Campeador, para ir a misa de parida en la basílica
Pasaron por esas calles, con paso seguro y también furtivo. El viejo empedrado de León guarda la historia de sus paseos, sus huidas y sus intrigas. Es la ciudad que pisaron sus reinas.
Hasta Palat del Rey iba, y cuentan que también venía, la doncella Elvira Ramírez, hija de rey, hermana de rey y tía de rey. La iglesia de San Salvador, la más antigua de la ciudad, era parte del monasterio que Ramiro II de León levantó para su hija, que ingresó en él como monja abadesa. Estaba Elvira cerca de casa, pues su padre construyó el inmueble, con cementerio para panteón real incluido, pegado a su palacio. Corría el año 931 por las callejas del más viejo León. La hija del rey no entró sola. Con ella recorrieron el camino al cenobio otras jóvenes hidalgas, descendientes de las mejores familias de la nobleza. Infantas leonesas monjas que ostentaron el título de dóminas. Pero a Elvira la historia le había reservado el papel de regenta de su sobrino Ramiro II y a Palat del Rey casi un olvido secular pues las razias de Almanzor aconsejaron el traslado de la familia real y sus antepasados a San Isidoro, iglesia, fortaleza y camposanto de los Reyes de León.
No hace falta irse muy lejos para llegar hasta la calle que tomó el nombre del rezo de una reina con todos los poderes en la mañana del Viernes Santo de 1313. En la calle Plegaria, doña Constanza, viuda de Fernando IV y madre de un Alfonso que terminaría siendo XI, reza en público por la paz del solar leonés. Temía la reina por el futuro, pues la víspera el pequeño Alfonso y su escudero había sufrido un ataque en la vecina calle Escalerilla. Intrigas de un reino en disputa.
Es el León actual, con las mismas calles y casi siempre los mismos nombres de las travesías, callejones y rincones que pisaron sus reinas.
Cuentan las crónicas del rey que de San Isidoro a San Pelayo iba doña Sancha, hermana de Alfonso VII, para prepara en palacio el tálamo nupcial de una infanta bastarda. Encerrado ahora entre las rejas del colegio de las Teresianas está el castillo que el mismísimo Fernando el Católico cedió al monasterio isidoriano y que fue adornado para la boda pactada de doña Urraca, hija ilegítima del rey, con García de Navarra. Palacio imperial del que se conserva el torreón que se llamó de doña Berenguela, esposa de Alfonso IX, que vio y vivió su incendio.
Esa callejuela fue paso asiduo de otra dama, Elvira Menéndez, hija del conde Herminio, repoblador de Coimbra, y nieta del legendario conde Gatón, que contrajo matrimonio con Ordoño II en 892 y vio cómo sus dos hijos, Alfonso IV y Ramiro II, fueron coronados reyes de León. Caminaba Elvira hacia el solar que ocupa la Catedral, pues ella y su marido vendieron sus palacios para levantar la primera seo leonesa, en precioso románico.
Los mismos pasos que siguió otra Elvira también Menéndez, hija del conde Menendo González, pero ella para acompañar hasta la Catedral a su marido, Alfonso V, a la asamblea en la que se redactó el Fuero de León. Era la primavera de 1017.
Y hasta la Catedral fue doña Berenguela, reina por matrimonio con Alfonso VII en 1128, hija de los condes de Barcelona, tan bella que maravillaba, para asistir en 1135 a la coronación de su esposo como emperador de España y ella como consorte.
Por la calle del Cid caminó la esposa de Rodrigo Díaz de Vivar, hija del conde Diego Fernández y de una dama de apellido Fernández, quizá Cristina, y sobrina de Alfonso VI de León. Fue doña Jimena desde una casona del Barrio Romántico a la basílica para asistir a misa de parida, la que obligaba a las mujeres a purificarse cuarenta días después del parto.
Ese empedrado que fue lugar de paso hacia la calle de la Rúa de otra reina y de sus damas de compañía que, agobiadas por el calor del estío, ‘viajaban’ desde San Isidoro para veranear en las huertas de palacetes y conventos de la Rúa de los Francos.
Allí, en el solar que hoy es Casino, pegado al Hotel Conde Luna, un hombre levantó en esa misma calle un palacio jamás imaginado. Lo hizo en honor a una mujer que no era ni su esposa ni su amante, lo construyó en memoria de su madre, Leonor de Guzmán, la reina que nunca reinó, amante eterna de Alfonso XI de Castillla, madre de diez bastardos, hija de Pedro Núñez de Guzmán y Juana Ponce de León, casada en desamor, deseada por el rey y muerta por orden de su eterna rival. Por ella una calle recibe el nombre de Matasiete, donde un caballero defendió a espada el honor de la dama.
No fue Leonor reina pero sí madre de rey pues su hijo Enrique se convirtió en Enrique II de Trastamara tras asesinar a su hermanastro e hijo legítimo del rey, Pedro I El Cruel. Levantó el rey que inició una dinastía un bello palacio mudéjar que la historia y la desidia dejaron caer.
En una ciudad histórica en la que aún es posible seguir la huella de su historia.