De viaje a
Santa Colomba de Somoza
Se mantienen sus casas de piedra roja, todo dentro para que nadie supiera si los maragatos habían emprendido camino, y el azul en ventanas y paredes, el color que espanta a los insectos

RAMIRO
P uede imaginar bien el viajero cómo sería la vida en aquella época en la tierra de los maragatos, sus misterios y mitos. Para empezar, el silencio. Sólo la naturaleza rompe la calma. Ladridos de perros o el aire azotando las calles. Quizá para conservar un rasgo esencial de aquellos míticos habitantes, que eligieron el aislamiento tal vez más con razones económicas que sociales, que optaron por la discreción para que nadie supiera de sus bienes.
Parte en dos el río Turienzo este pueblo maragato alzado en la Edad Media sobre una villa romana en el que hay rastros fenicios. Tal vez de ellos aprendieron el arte del comercio sus habitantes. Tal vez la imponente soledad del paisaje les llevó a buscar sustento más allá de sus fronteras para regresar siempre a ellas.
Hay algo de nostálgico en la belleza de Santa Colomba de Somoza, que el Turienzo convierte en fértil y forma allí un remanso de paz, en territorio llano en las estribaciones mismas de Foncebadón, en mitad del Camino de Santiago, atravesado por el viento del norte, soleado a plomo en el estío.
Se mantiene en pie la arquitectura que cobijó a los maragatos, a salvo en sus casas de piedra roja, imponentes muros exteriores que apenas dejan ver nada de su interior. Su casa como una fortaleza. Que no habría quien imaginara si había alguien en casa o no. Y así fue cómo se levantaron las construcciones a salvo de miradas ajenas, todo alrededor de un patio, la cocina dentro, las habitaciones en el corredor, la chimenea a resguardo, que nadie supiera qué pasaba entre sus muros. Porque allí quedaban mujeres, niños y ancianos mientras los arrieros emprendían viaje largo hacia Galicia llevando embutidos y productos de la tierra y de ahí al centro de la península comerciando con pescados y salazones. Y transportando en sus carromatos monedas y bienes.
En esas casas se protegió riquezas y familia, y por costumbre la madre recién parida cedía lecho al marido inmediatamente después del nacimiento y le llevaba buena sopas mientras él cuidaba del nacido para reafirmar así la legitimidad del padre, tantas veces de viaje, arriero en el camino. Casas que el tiempo casi tira, rehabilitadas ahora por las estirpes supervivientes o nuevos vecinos que los comerciantes del siglo XX convirtieron en reclamo turístico y morada para viajeros.
Se mantiene en el pueblo el azul maragato que tiñe marcos y ventanales, que dice la creencia que el color espanta a las moscas, que invita a buscar otro abirgo. Y el empedrado de sus calles, por donde transitaban los carros arrieros. Y el misterio maragato, su nombre, sus costumbres y su cocido, que se toma al revés, primero las carnes y luego la sopa, por si había que salir deprisa a buscar camino, nadie sabe, como tampoco sabe nadie de dónde nace la tradición ni su antigüedad, ni ya importa, que ha hecho ley. Y se mantiene, sobre todo, la inmensa belleza de una naturaleza sobria y posada en territorio que da cobijo.