El último paso
Los astures dieron nombre al río, los romanos trazaron su senda, una infanta donó los terrenos, un rey cedió el privilegio de paso a cambio de un rubí, dos arquitectos de la época litigaron por su fama, la ciudad vio circular por él riquezas y miserias, fue tránsito de prisioneros y camino de peregrinos, estuvo mil veces a punto de sucumbir. Es el puente de San Marcos, una joya hecha en sillería de arenisca. El ‘puente romano’ es tal como lo vemos sólo desde el siglo XVIII. De Roma queda el lugar elegido.

JESÚS F. SALVADORES
El paso lo trazaron los romanos. Para asegurar el transporte de tropas, minerales y mercancías aunque el Imperio vio siempre en estos lugares algo sagrado. Mucho antes de que un monarca se encaprichara de una piedra preciosa y la cambiara por la explotación de paso. Mucho antes de que los arquitectos de la época se enzarzaran en una disputa de autoría y moneda.
Debía ser por aquel entonces el Bernesga un río indómito y temido, acostumbrado a desbordamientos, ocultos sus márgenes entre bosques vírgenes. Quizá los astures les señalaron el nombre a las legiones, a la V Alaudae, a la VI Gémina. Esga, corriente de agua. Bern, alisos. El río de los alisos. Quizá signifique fecundo y nadie sepa de verdad de dónde procede su nombre. Pero ahí, entre las dos tierras separadas, se alzó el paso romano. Y ahí se mantiene, aunque de Roma conserve sólo su emplazamiento.
Lo que pasó con el puente se fundió en la historia. Hasta que el 29 de julio de 1152 vuelve a aparecer en los legajos.
«Ego infantissa donna Sancia, soror imperatoris dommi Adefonsi, (...) facio testamentum Ponti de Vernesga...»
Es palabra de Sancha Raimúndez, hermana de Alfonso VII. Entrega la infanta el puente y los terrenos cercanos en donación al arcediano don Arias a condición de que se levantase allí una iglesia, un hospital en el cual pudieran hospedarse «los pobres de Cristo» y casas para los cuidadores del puente. Y así se hizo. El puente, la iglesia y hospital de San Marcos y la Casa del Peregrino, en origen vivienda de los trabajadores del puente. En 1171 aparece en los papeles citado ya como puente de San Marcos, ofrecido en advocación al evangelista que tomó como símbolo un león y tradujo en Roma las palabras de Pedro.
Pero ni San Marcos era como es, ni el puente es como era. La gran obra plateresca se alza con una generosa donación de Fernando el Católico en 1514. Y el puente se proyecta en 1573 con planos de Leonardo de la Cajiga y firma de su hermano Felipe, arquitecto de la Junta del Voto y uno de los más afamados de la época.
Un paso ligado al agua y al oro. Fueron los puentes tan valiosos que ningún gobernante escatimó nunca en su construcción y ninguno de ellos escapó de intrigas y leyendas. Creían en su magia ya los romanos, de ahí la costumbre de alzar en sus inmediaciones templos paganos primero, ermitas y monasterios después. Fueron tránsito de riquezas y objeto de disputa entre poderosos.
El de San Marcos de León le costó a un rey los derechos de paso. Encaprichado Enrique III el Doliente con un rubí, quien sabe si para agasajar a la abuela de Isabel la Católica, Catalina de Lancaster, con quien terminaría casándose, logró la joya a cambio de ceder el ‘pontazgo’ al cabildo catedralicio de León. Era 1395. Los canónigos recibían a cambio parte de la recaudación por atravesar el puente. Calcularon mal o su avaricia no tenía límite pues tan sólo tres años más tarde se quejaron al monarca de que la piedra preciosa valiera mucho más que los 3.074 maravedís que recaudaban al año. Debió parecerle al rey justo el trato, pues cedió el resto de sus derechos sobre el puente.
En 1511, el corregidor de la ciudad instó al rey a arreglar el paso. En un completo memorial, le señala que una riada se ha llevado la construcción y lo poco que queda en pie amenaza ruina. Pero hasta sesi décadas después no se proyecta otro nuevo.
El encargo se lo lleva uno de los arquitectos más afamados del momento, Felipe de la Cajiga, con planos de su hermano Leonardo. El presupuesto de la obra se cifra en 3.000 ducados. Litigaba De la Cajiga por hacerse con toda la obra pública de esta tierra, enfrentado al clan de Juan de Ribero, y lo logró. Los documentos muestran que en 1596, apenas dos años antes de la muerte del arquitecto, remata el proyecto el maestro cantero Pedro de Llánez por 7.350 ducados. La obra quedó incompleta, parte en madera en vez de piedra. Había motivo: en 1622 aún no se había pagado.
Cien años después, otra avenida estuvo a punto de destruir de nuevo el puente. Tanto, que apenas se adivinaban los nueve arcos que tenía. Y así riada tras riada hasta que en el siglo XVIII el puente es finalmente salvado de las aguas.
El pontón romano se convirtió en un bello puente en sillería de arenisca, de arcos de medio punto, cada uno diferente, y 130 metros de largo. Pero siguió la ciudad de espaldas a él, tránsito de reses y prisioneros camino de su sentencia, de Francisco de Quevedo a los represaliados de la Guerra Civil, paseando su historia sobre sus pilares, primero las carromatos, luego los coches, amenazando con su peso y la contaminación la estructura. En 1909 quisieron hacer pasar por encima el ferrocarril de Matallana y en 1949 ampliar su calzada a doce metros.
Un cronista oficial de la ciudad lo sacó de su letargo de siglos. En las ondas, Victoriano Crémer planteó como verídico un caso tal vez imaginado. Dos peatones se cruzan en el puente y ninguno de ellos accede a bajarse de la estrecha acera en medio de un tráfico infernal. Se presenta la policía. ¿Quién debía ceder el paso? Como con su crónica sobre el magnate americano que quería comprar la Catedral, llevársela a Estados Unidos y construir en su solar un hospital y una escuela, Crémer devolvió la mirada de León al viejo puente que los romanos levantaron en un lugar mágico sobre el cauce que los astures conocían como la corriente de los alisos. Allí donde la ciudad acaba y los peregrinos encuentran de nuevo el camino.