BYVA CRIANZA
EL VINo PROMETIDO
Cuando en 2012 Amaya Rodríguez y Florencio García asumieron el reto de la viña y el vino lo hacían sobre todo con ilusión, con la voluntad de la máxima dedicación y con el compromiso de ser absolutamente res-petuosos con las excelencias de la Mencía. El ‘Byva’ de esa añada es ahora la concreción de aquella promesa.
A maya Rodríguez Santín nació arropada por el cálido ambiente familiar de la viña y el vino y, aunque vivió algunos años lejos de Villadecanes, nunca perdió el contacto con el pueblo, con su gente y con esa actividad, que incluso bullía como pasión en su mente. Enóloga de formación, ella pone los conocimientos técnicos al frente del proyecto que desarrolla con su marido, Florencio García Fernández, inevitablemente seducido por esa ilusión que brota del viñedo familiar, el que cuidó el padre de ella, quien da testimonio de su plantación y sigue regalando a diario largas conversaciones y consejos sobre la viña y la bodega.
Cuando en 2012 ambos decidieron darle un giro a su vida, tras cinco años madurando en la cabeza la idea de su vino y el desarrollo de esa pequeña bodega en el casco urbano de Villadecanes, lo hicieron bajo algunas claras convicciones: «Elaboración artesanal sin prensado ni filtrado y mucho control sobre todo el proceso. Cuidado, dedicación y limpieza. Y medios técnicos de vanguardia absolutamente respetuosos con el producto y nada agresivos en el proceso».
Del viñedo propio que ahora suma 4,5 hectáreas —más de una veintena de pequeñísimas viñas y leiros— nació en esa primera elaboración un tinto joven con el rosa como color de etiqueta bien identificable y la del paraje, Montuno, como referencia comercial. Es un joven mencía de fidedigna y rotunda expresión de la variedad.
Pero de esa vendimia se guardó una partida para tres mil botellas que añejó durante dieciocho meses en barricas de roble francés (60%), americano (30%) y gallego (10%) y que sale al mercado como Byva (Bodegas y Viñedos Amaya) con la idea de «llegar a todos los sectores del mercado» con un tercer mencía —hay un roble en el paso desde el joven— en el que la autora ha puesto «toda la exigencia no sólo como elaboradora, sino también como consumidora». Lo afirma su marido, encantando con «la gran diversidad de matices de un tinto redondo, de larga vida y que en cada momento, a partir del descorche, te descubre nuevas sensaciones», y orgulloso de que de alguna manera sea también un homenaje y la puesta en valor del papel de la mujer en el vino berciano.