Diario de León

La ciudad blanca

Encrucijada de siglos, de caminos y de ríos, la capital de Serbia regala desasosiego y encanto a partes iguales, como en un sueño en que se mezclan el mito, el misterio y lo desconocido

Desde La Fortaleza, la unión de los ríos Sava y Danubio

Desde La Fortaleza, la unión de los ríos Sava y Danubio

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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Belgrado, la ciudad blanca según la define su propia etimología, carece de iconos específicos que la identifiquen en el concierto internacional, pero, además de su espíritu joven en la actualidad y con personalidad definida, es la más, o una de las más famosas ciudades históricas del Danubio, ese río mítico, de verdadero encanto balcánico. Una ciudad tan cercana pero tan alejada de nosotros por ciertos posos de la historia, de esa historia europea tan dolorosa en tantas ocasiones. Cada vez que llego a la capital de Serbia —evite, si es posible, hacerlo en invierno, tan crudo—, tengo la sensación de entrar en un sueño en que se mezclan el mito, el misterio, lo desconocido.

Encrucijada de siglos, de caminos y de ríos, lugar por tanto de conflictos seculares, hay aún espacios que me producen el dolor que la metralla —bombardeos de 1941, 1999…— ha dibujado en algunos rincones urbanos. Capital hoy del país, en su momento de la Yugoslavia socialista, esta ciudad, una de las más antiguas de Europa, ocupa un punto estratégico en los Balcanes, circunstancia que explica muchos acontecimientos de su historia. Con una población que ronda los dos millones de habitantes y con el pulso creciente y vital, Belgrado se apunta al asentamiento clásico romano, entre altitudes y colinas.

En el recorrido que le sugiero y que, como siempre, ha de ampliar con sus propias razones y apuntes, precisamente la colina de Kalemegdan (anote: significa castillo del campo de batalla) es el punto neurálgico. Escenario de tantos enfrentamientos a lo largo de los tiempos, una interesante visita guiada puede constatar esa realidad: el recorrido por los túneles secretos que, en el caso del lugar en que nos encontramos, nos muestra el búnker mandado construir por Tito ante el temor de un ataque de la URSS. Hoy, sin embargo, La Fortaleza, un verdadero gran parque muy cuidado, se ha convertido en escenario de belleza, recreo y de cultura, donde, entre las posibles actividades, puede visitar el museo militar. Son muchos los ciudadanos que recorren y disfrutan este espacio. Aquí se encuentra, en una esquina de la muralla noroeste, el verdadero símbolo de Belgrado, la estatua El Vencedor, obra de Ivan Meštrovic colocada en 1928: la columna está rematada con una figura masculina en bronce, con un águila en la mano derecha y una espada, hacia abajo, en la izquierda.

Desde Kalemegdan se contempla el espectáculo fluvial del abrazo entre el Danubio y el Sava. Este, en sus últimos momentos, dibuja la curiosa islita de Ada Medical, que asemeja la cabeza de una lanza paleolítica. El entorno de los ríos, con casas flotantes, bares, restaurantes… se convierte en uno de los lugares deportivos y de ocio más notables de la ciudad. Es conocida la marcha nocturna de Belgrado. No pierda de vista que, con una estructura semejante a las nuevas grandes ciudades, el Belgrado moderno, que inició sus pasos a principios del XIX, crece en la actualidad en el margen izquierdo del Sava.

Prácticamente a la salida de La Fortaleza —cualquier mapa le alejará de dudas—, la calle peatonal Kneza Mihaila, que se prolonga hasta la Plaza de la República. Imprescindibles. Estamos en el verdadero corazón de la Ciudad Blanca. La calle, y algunas otras adyacentes, ofrece a la vista palacios, legados ilustres y atractivos edificios históricos. La plaza es el lugar ciudadano más frecuentado, el pulso humano. Ha visto pasar, silenciosa, los acontecimientos más relevantes de la capital de la república. En este entorno se levantan, además de las principales instituciones del estado, el Teatro Nacional y el Museo Nacional, aunque haya otros igualmente interesantes diseminados por diversos puntos. Del interés, ya se sabe, surge la localización. Por supuesto, verá destacada la estatua ecuestre, en bronce, de Mihailo Obrenovic (1823-1868), liberador de Serbia del yugo otomano: tiende precisamente la mano hacia los lugares todavía ocupados por el Imperio. El relieve en bronce del pedestal muestra varias fases de los acontecimientos de liberación.

El viajero se habrá dado cuenta fácilmente del discurso narrativo que nos ofrecen la mayor parte de los lugares visitados. Y de la ciudad. Y de los que él descubra, claro. Aunque no exactamente en esa línea, a pesar de que nunca pueda perderse de vista, me gustaría hacerle otro par de recomendaciones. Considero la primera esencial, igualmente imprescindible. La segunda, depende. Quizá está motivada por una de tantas razones personales como se esconden detrás de cualquier viaje.

Servidor lo hizo a pie. Repito permanentemente que es fórmula magistral para conocer los lugares visitados. Le advierto que, en general, los taxis no son caros, aunque la prudencia aconseja, prácticamente en todos los sitios, interesarse previamente por lo que pueda costar.

La iglesia de San Sava dicen que es el templo ortodoxo más grande de los Balcanes. Orgullo de Serbia. En un espacio abierto, atractivo y poco cercano a nuestras habituales claves de entendimiento, frente a la gozosa disposición de la cúpula solemne, verá una estatua. Se trata de Karadorde, líder de los insurrectos serbios de 1806 que instaló el campamento por esta zona. La escultura advierte de su fuerte carácter.

El templo de San Sava se erigió en honor de este santo cuyo espíritu ha permanecido durante ocho siglos entre los serbios, pues Sveti Sava (1169-1236) trabajó por el bien de todos. En este lugar, el más alto de Belgrado —la meseta Vracar, a 134 m de altitud—, el otomano Sinan Pachá quemó los restos del célebre santo serbio en 1594. La necesidad de señalar el sitio de aquel brutal acontecimiento originó una iglesia en su honor. El actual templo conmemorativo es de una plasticidad estética, tanto exterior como interior —con tantos símbolos y alusiones que nos sorprenden—, realmente deliciosa. Sobrecogedora quizás.

Coincidió en aquel momento de la primera visita el inicio de una ceremonia religiosa que, por obras, no se celebraba en el lugar principal. La preside el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Serbia, acompañado por un nutrido grupo de religiosos —de singular consideración por rostros y gestos— y un público escaso, femenino sobre todo. La música, nacida de las voces templadas de un coro joven, delicada, añade belleza y sentimiento a aquella escena de culto simple y primitiva. El patriarca —nariz aguileña y sonrisa tenaz— recrea un espacio enfatizando el rito. Confieso que lo seguí, entre entusiasmado y absorto, a pesar de esa lengua endiablada e incomprensible, paso a paso, participando, no sé con precisión cómo –quizá sea un atrevimiento de los años-, porque lo sagrado, en cualquiera de sus dimensiones, es siempre un gozo que singulariza no pocos sentimientos.

He hecho este y otros recorridos en distintas ocasiones. No sé por qué tengo una especial querencia por el rito ortodoxo. En San Sava se descubren cada vez nuevos signos para el entendimiento. Y en el caso frecuente de escuchar allí música coral, para el gozo de los sentidos.

La conocen como la Casa Verde, cercana al complejo deportivo del Partizan.

Es, en realidad, el Mausoleo en que reposan los restos del dictador Josip Broz TITO (1892-1980), aunque se añade al complejo un curioso museo de historia, trajes especialmente, de Yugoslavia, país aglomerado cuando lo quise conocer en 1966 y del que, por el carácter restrictivo de nuestros pasaportes de entonces, fui expulsado —pecado de juventud— sin haber puesto prácticamente pie en él. Pero esa es otra historia. Conservo, eso sí, un palito de un polo de la época en que escribí, mientras esperé, durante todo el día, a los americanos que me acompañaban y que me conducirían a Austria: «Recuerdo de mi amigo Tito. Agosto de 1966».

Entenderán por qué el interés de mi visita. Muchos episodios en el recuerdo, en un curioso paraje, hermoso y solitario. Como solitaria está la tumba, a pesar de tantas vitrinas como recuerdan los momentos de esplendor. Esbocé solo una sonrisa —aún no sé si de compasión o de ironía— al amparo de uno de los silencios más extraños que jamás haya sentido. Los silencios, cuando son referentes de la historia, tamizados, eso sí, bajo la mirada limitada de lo personal, son, a la larga, un activo que se instala en la propia mirada de la vida.

Belgrado será definitivamente un activo. De historia, de amistad, de provocación de los sentidos, de permanente sorpresa, de lucidez incluso, de belleza sin duda. Nada tiene de extraña esta invitación que le hago a perderse por el corazón de la ciudad blanca, cuyos secretos provocan la nostalgia del retorno.

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