Diario de León

El pendón que soñó un rey

Dicen que nunca perdió una batalla. Ésta es la historia del Pendón de Baeza, un milagroso estandarte que mañana hermana a León con Baeza y que el domingo presidirá, junto al Pendón Real, la ceremonia de Las Cabezadas.

Los miembros de la Muy Ilustre, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro en el claustro de la basílica con el estandarte que dicen que nunca perdió una batalla y que mañana  hermana a las ciudades de León y Baeza.

Los miembros de la Muy Ilustre, Real e Imperial Cofradía del Milagroso Pendón de San Isidoro en el claustro de la basílica con el estandarte que dicen que nunca perdió una batalla y que mañana hermana a las ciudades de León y Baeza.

León

Creado:

Actualizado:

Cuentan que lo soñó, que durmiendo vio a San Isidoro, tan real como si compartiera alcoba con él. Un santo y un rey mano a mano en el mundo de los sueños. Un rey y un santo decidiendo los destinos de un reino. Allí estaba San Isidoro ante Alfonso VII, rey de León, coronado como ‘el Emperador’ en la Catedral, el hombre ante el que juraron vasallaje catalanes y navarros, aragoneses y musulmanes, allí estaba el santo a los pies de su cama, velando la pesadilla del monarca, auspiciando al soberano dulces sueños, pues la victoria iba a estar de su parte.

Sobre un paño de tafetán púrpura carmesí —el color real—, coronado de leones y castillos, San Isidoro cabalga armado. De una nube, un brazo armado apunta a una estrella. Era el vaticinio. Se cumplió. El pendón que soñó un rey jamás perdió una batalla. Cayó Baeza. Y luego, todo lo demás.

Entró en tantos combates que hubo de ser recompuesto, bordado de nuevo, rehecho el estandarte en el siglo XIV. Así se conserva la reliquia nacional, delicada, a salvo en un arcón en San Isidoro, suplantada por una réplica perfecta que ondea de vez en cuando en León.

Cuentan que a Alfonso VII le podía su carácter, que no se andaba con componendas. Se lo dejó claro a su propia madre, cuando se coronó en vida de ella. Quizá una forma de devolverle una infancia no deseada, la de un hijo no deseado. Habría que estar en la piel de aquella doña Urraca adolescente, apenas 14 años, enamorada de un conde conquistador de territorio y corazones a la que su padre casó por el bien del reino y no de ella con un borgoña sexagenario, gordo y dicen las crónicas que desdentado. Pero eso su hijo no lo sabía, pues el padre murió siendo él un crío.

Le pesaba su niñez y un reino heredado por el que tenía que batallar. Quizá hasta aquel día en que, en sueños, le vino a acompañar un santo guerrero e ilustrado en su lucha contra las tropas musulmanas que le frenaban en su avance hacia Almería. Lo demás, ya poco importa. Y no podrá la historia contradecir con sus fechas y sus verdades lo que la creencia cree: que siendo León cabeza de reino y Alfonso su emperador, San Isidoro intervino milagrosamente en apoyo del sitio de Baeza y la plaza fue ganada. Da igual que el pendón —al que dicen que defendió hasta su muerte un alferez que habiendo perdido las manos lo sostuvo entre sus brazos— no estuviera en aquella batalla, que el paño milagroso que jamás perdió una guerra no hubiera sido aún confeccionado, y que Baeza se rindiera y no fuera tomada por la fuerza. Era 1147, el 25 de julio, día de Santiago. Todo estaba escrito.

Cuentan que viendo el milagro, algunos caballeros prometieron crear una cofradía para salvaguardar el pendón y la historia. Y que León dejó en Baeza la enseña de sus apellidos más gloriosos, que hoy perviven en esas tierras sagas llamadas Benavides en reconocimiento a su origen.

Esa historia estará el domingo viva en la calle, cuando el Cabildo de San Isidoro intente que la ciudad se doblegue y sólo consiga unas cabezadas de sus munícipes. El domingo, el Pendón de Baeza ondeará en el claustro de la basílica mientras clérigos y ediles se enzarzan en una disputa histórica sobre si están allí por obligación o por devoción, si es foro u oferta, si deben o sólo quieren, entregar de parte de la ciudad un cirio de una arroba y dos hachas de cera. Estará el Pendón de Baeza y una representación de la ciudad sureña en el lugar donde se celebraron las primeras cortes, el primer parlamento del mundo convocado por un monarca adolescente que dio por primera vez a los ciudadanos privilegios reservados sólo para el rey —entre ellos la inviolabilidad del domicilio y la correspondencia o la capacidad de declarar la guerra— y firmó en los Decreta el comienzo de una nueva era.

Allí, en el claustro de San Isidoro se celebran el domingo Las Cabezadas, que conmemoran otro milagro de San Isidoro, hecho en tiempos de paz.

Ocurrió un año después de la muerte de Alfonso VII. Corría 1158 cuando una intensa sequía asolaba las tierras de León. Fue entonces cuando se decidió sacar en rogativa los restos del santo. No llegó muy lejos la procesión, pues apenas a dos leguas, pisando Trobajo del Camino, la urna se hizo tan pesada que los mozos que la pujaban no podían con ella. Entonces, el cielo se abrió y cayó tal tromba que todo se convirtió en agua. No hubo prisas ni rezos que pudieran con la arqueta del santo. Acudió corriendo la infanta doña Sancha. Tres días y tres noches se mantuvo orando, en ayuno, ante los restos del santo, ante los que juró que nunca más saldría de la basílica. Sólo entonces dejó de llover y el arca, como si de una pluma se tratara, fue trasladada en volandas de nuevo a la ciudad. Pero llovió, y los campos germinaron, y el concejo llevó a San Isidoro una ofrenda, que la iglesia tomó como tributo.

Escoltados por los maceros y la guardia municipal, enarbolando el Pendón Real, a los sones del Himno de León llegarán el alcalde y los concejales el domingo a San Isidoro para su batalla dialéctica con el clero, esa que la historia dice que debe de quedar en tablas para que pueda volver a repetirse. Dirá el síndico que está allí por voluntad, le replicarán que ha ido por obligación, y a la tercera lo dejarán por imposible, levantarán una acta alegando que es ofrenda unos, que es foro los otros, irán a misa y después se marcharán con viento fresco, que se anuncia frío en León. Tres rayas blancas en el suelo indicarán a alcalde y concejales dónde deben inclinarse en una exagerada reverencia, tres veces tres a la orden del bastón de mando del corregidor. Y, sin embargo, ni se habrán rendido ni habrá ganado el Cabildo isidoriano, pues es costumbre que a la tercera, los munícipes se giren con donaire y, dando una patada en el suelo, abandonen el lugar con el orgullo de quien cree en lo que defiende.

Sucederá en un lugar milenario, en un patio lleno de historia, a las afueras de un claustro donde se escribió la historia del mundo nuevo, en el lugar donde se juntaron las primeras cortes y León se hizo derecho. Y eso sí que merece al menos una reverencia.

tracking