Diario de León

LUGARES FIGURADOS LUIS CARNICERO, arquitecto y poeta

Sinfonías del eria

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Tus salidas «al río», en tu infancia en La Bañeza, eran dos.

Una, al noreste, cercana, la de la vega, de asombro y frutos: camino de los Arrotos. Hacia vuelos de pájaros y bálagos de flores. Hacia umbrías de pozos desde donde aún parecen venir reflejos de lo que amaste, primeras voces y agua desbordada. Hacia El Tuerto, al que siempre regresas.

Otra, al noroeste, lejana, la del pinar, de resina y mitos: camino del Monte Sagrado. Hacia arquitecturas humildes, leyendas y danzas. Hacia los pueblos de donde llegaban caminando, noches por medio, los cabreireses; su rostro, surcos, y sus palabras, cadencias. Hacia El Eria, al que has vuelto hoy.

Con esa claridad ardiente que desimanta las nieves, en la fría mañana, seguiste su curso aguas arriba, en pos de las cumbres. Atravesando la Valdería, dejando Castrocontrigo —entre molinos—, ya en Torneros comenzaste a sentir la humedad respirada.

Cerca del cementerio de Morla escuchaste, tras silencios de remansos oscuros, fraseos de celesta extendiéndose por los pinares heridos de Manzaneda y Quintanilla de Yuso. En Cunas, en lajas verdosas, cerca del puente, oíste roncos oboes prolongando sus ecos en raíces desnudas a la orilla aferradas. Pero, qué armonía inundaba arriba de Truchas, hacia Baí?llo, cauces sonoros: Iruela, Truchillas, bajo timbales tocados por ramas de chopo. Qué cánticos parecían rodar del Teleno desperezando espumas dormidas. En Corporales, pasada la ermita, con qué veloces vibratos sonaban salterios en brezales rasgados, callando de pronto en humedales cristalinos salpicados de rojo, encendiéndose luego con picados de palos de lluvia en zonas rocosas. Y, en el Pontón del Arenal, qué notas de pianos azules se derramaban; qué telarañas de arpas ardiendo encantaban guijarros…

No era agua, sino música, la que viste bajar desde los manaderos del Surbial, desde las Rubias, el Mascariel…

Tú mismo, sobre lo blanco, mirando al sur, fuiste canto de sed, verbo de agua imaginando ir a desembocar -ay, presa negada- rebosando calma, a tu otro río, al Órbigo, donde aprendiste la Luz.

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