Diario de León

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Si uno se apellida Cardenal y le mandan a estudiar a los curas siendo ya puntero en letras y cristos, ¿tiene derecho el rapaz a creerse llamado a alguna dignidad?; y si le añade al equipaje « La importancia de llamarse Ernesto » (Oscar Wilde), ¿no es como para encargarse una capa pluvial? Pues el que viene hoy aquí se conformó con el austero hábito de trapense que después disimuló con guayabera de lino, la blanca gala del pueblo humilde en las tierras donde manda lo tropical o bananero, pongamos que Nicaragua, pongamos Ernesto Cardenal , pongamos una llama a su memoria, murió, 95 tenía, lo enterraron días atrás previo funeral en la catedral metropolitana de Managua que se abarrotó a reventar porque también se colaron allí las turbas , piquetes populares del régimen de Daniel Ortega y esposa , a reventar la ceremonia a empujones, cagándose a gritos en la memoria del muerto -cura, teólogo, político soñador, poeta de talla-, profanando su honra, «meándole el ataúd», córpore insepulto, inconcebible, hasta las exequias del peor enemigo se respetan (y ya seguirán después guerras y mentiras). Naturalmente, las turbas (así se las llama popularmente allí) iban uniformadas con su pañuelito rojinegro sandinista, orquestado el reventón y sin apear el insulto y el ¡traidor!... ¿traidor quien fue ministro sandinista diez años con Ortega, al que ahora censuraba por desmán totalitario?... justo hace un año pudo decir su primera misa en la habitación del hospital tras 35 años suspendido «a divinis» por el papa Wojtyla (hasta enmendarlo Francisco hace poco)... y es que solo tipos como Cardenal pueden decir: al final me han dado tantas hostias los míos como los nuestros , la Roma locuta, causa finita y la corrupta Managua sandinista, los tirios y los troyanos... Pero que Daniel Ortega haya querido robarle a este hombre hasta el entierro solo habla de su gran nivel de iniquidad y envidia mezquina. Busque el lector fotos de los dos, recuerde aquello de « A partir de los 40 cada cual es reponsable de su cara » y elija después con quién se iría a « echar una tarde a perros ».

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