La inviolabilidad de la pela
Las alarmas se suceden y, como parece lógico, una adquiere más cuerpo que otras. Es el caso de la que afecta a la salud del pueblo, que, salvo las tontunas de los de siempre, muestra un alto grado de solidaridad responsable. La segunda de estos días tiene que ver con quien se ampara bajo la denominación de Rey Emérito, elevado a la sacralidad real por el dedo de un dictador. Grave presunto asunto este. En un intento difícil de salvar la corona, con los suficientes escándalos y privilegios como para haberla dejado en un raquítico prestigio –creo que va siendo hora de plantear con rigor el asunto—, el actual monarca renuncia a la herencia de su padre que pueda provenir de fundaciones con fondos opacos, decisión tardía tras la que se sospecha que la cosa huele a chamusquina, siguiendo la saga real e histórica enturbiada de escándalos y privilegios, de alcobas secretas, vicios y despotismos. Fácil confirmación, alejada de corifeos de fe ciega y palmeros de la nada, incluidos los partidos que entorpecen la búsqueda de la verdad, del signo que sean, para el asombro y la incredulidad. Eliminada igualmente la asignación del progenitor, ¿con carácter retroactivo hasta donde lleguen los hechos, y otros, si los hubiere?, a uno le gustaría saber con precisión la asignación real total, detallada y con los gastos indirectos, generalmente no contabilizados. Pura transparencia.
La raíz de la investigación sobre un supuesto cobro de comisiones ilegales parte, al parecer, de algunos medios británicos, con la entrada en escena de la fiscalía suiza, donde reposan esos milloncejos de nada. Aquí ya ha solicitado información la Audiencia Nacional. Vamos a ver qué pasa. Los ciudadanos, paganos de todos los desmanes, más aún en esa atmósfera soterrada de la inviolabilidad de la pela, debemos exigir llegar hasta las últimas consecuencias, con todos los atajos y recovecos del posible entramado. Toda la verdad en este que empieza a tener un cierto olor a podrido. Evitarla suena a enquistar ese olor.
«Los que no somos monárquicos –escribe J. A. Martín Pallín— pensamos que todo acercamiento de la persona del monarca al principio de igualdad ante la ley refuerza su legitimidad democrática». Solo en una pequeña dosis, creo. Porque ya pasaron los tiempos de la teoría vicaria, la creencia en el derecho divino de los reyes a gobernar en nombre de los dioses. La inviolabilidad y los aforamientos son apéndices actuales. Antiguallas históricas.