En nuestras manos
Tengo a mi Noe con el corazón en un puño. Y como ella a tantos otros que empiezan a comprobar que la desescalada les devuelve al galope a una realidad en la que el comercio de cercanía y la vida del barrio o el pueblo pasa de nuevo a un segundo plano, comienzan a olvidarse las confidencias de la pandemia y esos que nos han aguantado, con nuestros potenciales virus y nuestros temores, quedan de nuevo arrinconados frente a los furores de otras fórmulas comerciales. Quedamos los de siempre, los convencidos, y eso les devuelve a sus equilibrios contables.
Si la obligamos a rendirse yo perdería su excelente producto. Y es lo que menos me preocupa. Me duele pensar que no tendría ya el placer de tener con la compra nuestro ratito de charla y confidencia, ese was que me manda cuando tiene eso que sabe que me gusta (¿te lo guardo?), esa receta que me pasa cuando me llevo algo nuevo, ese mimo con el que disecciona todo aquello que te traes a casa con la máxima confianza. Esa felicidad de verla crecer, de compartir las maduras, pero sobre todo las duras, que están siendo muchas.
Porque tener un pescado (y una pescadera) así en el pueblo es un lujo. Como lo es la frutera que acaricia las piezas de su inmaculada orquesta de colores dispuestos en perfecto orden, preparados para un pase de revista. O la histórica panadera, con su pequeño despacho con suelo de baldosas hidráulicas (invadido ahora por el flush flush desinfectante), envuelta en su permanente vaivén al obrador por el aura de una nube de harina.
Como los carniceros, con ese abanico de caracteres y ese muestrario de productos de la tierra, con una cartelería digna de una convención de publicistas en la que se leen perlas como «crujiente de piel de porcino en su proceso con zumo de aceituna» para vender entre sonrisas unas cortezas de cerdo. O el pequeño supermercado local, que lucha desde hace años a brazo partido contra los molinos, con sus estrategias de buzoneo de ofertas y reparto a domicilio.
Somos muchos los que sabemos que recorrer nuestras calles saludando con la mano a quienes pueblan de negocios las cristaleras es parte de esa vida que respiramos hondo y que nos alimenta. Que no queremos perder. Depende sólo de nosotros. ¿Tú dónde compras? Yo, todo lo que puedo, en mi pueblo. Salgo ganando sobre todo yo.