Diario de León

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Admiro a los optimistas natos, y más lo haría si conociese alguno. He repasado mi agenda y no he dado con nadie al que pueda calificar de tal. Hoy, todo optimismo tiene su nota a pie de página. No es para menos. El otro día, paseando por las inmediaciones de San Marcos me pasó rozando una paloma muerta, desplomada desde el cielo como una kamikaze. Terrible impacto el suyo sobre el suelo, y a mí casi me hunde. Antaño, este suceso hubiese sido interpretado como mal augurio, capaz de hacer retrasar a Paris su fuga con Helena, a Julio César la guerra de las Galias y a don Juan su escalada nocturna. No soy supersticioso y seguí mi camino, aunque desconcertado. No sé si esta paloma «se equivocaba», como la de Alberti, o solo falló por centímetros del blanco humano, tras escaparse de la película de Hitchcock. A juzgar cómo ha arrancado septiembre, este próximo otoño lloverá de todo, salvo billetes.

Tampoco se me ocurre qué puede hacerse para evitarlo, salvo aferrarnos a los valores forjados a lo largo de los siglos, en anteriores adversidades: solidaridad, compasión, perdón, amabilidad, respeto, justicia… y el buen humor que irrumpe para salvar. León Felipe, otro poeta del exilio, escribió: «Todos andan buscando, Sancho, una paloma por el mundo y nadie la encuentra». De ser la mía, tengo malas noticias. El miércoles fue el aniversario de la muerte de Tolkien (1892-1973). Me cogió escribiendo un prólogo sobre él, que se me ha solicitado para un ensayo. Por cierto, ¿el final de El señor de los anillos es optimista o, por lo contrario, pesimista? La derrota de Sauron fue y es solo temporal. Incluso los corazones más puros —Frodo— no están libres de sucumbir a la tentación de lo oscuro, y solo una ayuda inesperada —llamada gracia— logra impide lo peor. Tolkien habría dado una larga calada a la pipa antes de contestarnos a la pregunta. El final de su obra maestra no es optimista, pero sí esperanzador.

Para los cristianos hay una sutil y bella diferencia entre ambos conceptos, casi la misma que entre azar y milagro.

Pobre paloma. Ojalá que tu último vuelo haya sido el más bello de toda tu existencia, que minutos antes de tu caída sintieses eso que nosotros los humanos llamamos optimismo.

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