Iconoclastia obsesiva
Frente a las dolorosas circunstancias que lo provocaron, el movimiento Black Lives Matter ha entrado de lleno en las llamadas corrientes revisionistas. Nada nuevo, sin embargo. Forman parte de la historia bajo diversos amparos ideológicos, religiosos o emocionales: controlar el espacio público como dominio forma parte de no pocos movimientos históricos de diverso signo y condición. Los propulsores de los cambios políticos han eliminado las imágenes que representan el poder contra el que combatían, caso de Lenin por ejemplo. Muchos más, por supuesto, no pocos aún en la memoria de los últimos tiempos. Lo que uno observa detrás, al margen de la descontextualización, es una amenaza en contra de las estructuras, podríamos decir que universales, excesivamente anquilosadas e injustas, que llevarán a la ciudadanía a rebelarse contra ellas y quienes las dirigen, como ya puede observarse, aunque con cierta timidez. Las iconoclastias son a veces símbolo o mecha a punto de encenderse.
Lo que ocurre es que en esos movimientos siempre hay quien incita al odio, argumento destructor porque puede conducir al disparate colectivo, entre otras cosas. Hay que distinguir. Es difícil valorar el pasado sin contexto. ¿Se imaginan que aquí liquidemos los elementos romanos o árabes por haber sido pueblos invasores? Nada despreciable observar, en esta riada de acontecimientos, el sentimiento antiespañol generado en algunas geografías. ¿Qué culpa tendrán algunos de nuestros personajes, caso de Cervantes, en este asunto?
Es verdad, por otra parte, que hay quienes se apuntan a todos los bombardeos. Hablar hoy con normalidad de algunos de estos personajes es entrar en la nómina de lo políticamente incorrecto. No digamos si refieres ciertos apodos clásicos —«el manco de Lepanto», «el jorobado de Notre Dame», «el negrito del batey»,…—, que se suponen de bulling: si sacas a colación algunos nombres puedes ser tildado, como escribe mi amigo dominicano Sélvido Candelaria, de «naciofacislangista». Cuando una sociedad pierde el equilibrio y la mesura, es fácil que no estén muy lejos los nubarrones. Algunos de los especialistas en fomentar nubes cargadas intentan cerrar las cuevas de Altamira porque dicen que hay personas que se quejan del abuso animal. O embadurnan la sirenita de Copenhague por ser «un pez racista». No entremos en la mutilación de obras clásicas de la literatura para saber hasta dónde puede llegar nuestro grado de estupidez.