Diario de León

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Cuatro años de sesudas ecuaciones del Pacto de Toledo (que se suman a muchos más mareando la perdiz) se resumen en un breve: de donde no hay no se puede sacar, así que habrá que sacar de otro lado. Ante la evidencia de que por más que se exprima a trabajadores y empresas y se mantenga en activo al operario hasta que le quede poco tiempo para cobrar y menos ganas para gastar, la cuenta ni sale ni va a salir, se lanza la recomendación de cambiar de cesto parte del gasto: las prestaciones no contributivas caen del lado de los Presupuestos, luego se financian con impuestos (que pagan los mismos penitentes) y las contributivas con las cotizaciones. Que tampoco llegan.

El arte de birlibirloque es repartir el tomate entre unas y otras cuentas y garantizar un teórico mantenimiento del sistema de pensiones con sus principios actuales, lo que está bien en la teoría y en los discursos electorales pero es imposible en la contabilidad real. Pongas la deuda aquí o allá, quita y no pon, se acaba el montón. Aumenta el número de pensionistas a pasos agigantados, que la gente tiene la mala costumbre de acabar retirándose y vivir unos cuantos años a mayores; y disminuye de forma galopante la tropa laboral. Un ejército que además empieza a cotizar tarde, tiene contratos intermitentes y cobra poco. Y son muchos menos que los pensionistas. Así que el sistema de solidaridad generacional del que presumimos es una pirámide invertida insostenible, se mire por donde se mire.

Sin embargo, el Pacto de Toledo ha determinado que el déficit de la Seguridad Social se acabará en 2023, aplicando una inteligente suma de medidas: pasar a otro capítulo de gastos unos 23.000 millones de euros que asume ahora el sistema, extender hasta los 37 años de cotización el período para cobrar el 100% de la base reguladora y fomentar la permanencia en activo. Más allá, anuncian cambios en los incentivos fiscales de los planes de pensiones privados, esos en los que las hormiguitas que han tenido previsión y fortuna de ir ahorrando se han dejado parte de sus dineros. Que corren peligro de acabar en manos de Hacienda.

Para quienes suman ya varias crisis económicas en su trayectoria laboral la cosa de la pensión se pone de color de cojón de grillo. Para los que hemos cotizado ampliamente, y seguiremos, el color pasa de gris marengo. Al final la cuenta es sencilla: sabemos bien de dónde se va a sacar para lo que no hay. ¡Ay, que si lo sabemos!

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