Diario de León

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La vivencia de dolor es uno de los aspectos que más revela acerca nuestra. No tanto los hechos en sí, sino la percepción de la vida que nos aportó o que nos ha quitado. Pero no hay reglas fijas al respecto, la misma experiencia dolorosa que espiritualiza a un hombre a otro lo materializa. A unos les da, a otros les quita. A veces, es difícil discernirlo. ¿Ese hombre de ahí esta riendo o, por el contrario, llora? Ni siquiera luchar en un mismo bando conlleva hacerlo por la misma causa. Joe Biden perdió a su primera mujer y a un hijo en un accidente de tráfico. ¿Cabe mayor dolor? Muchos años después, otro falleció por un derrame cerebral. Y otro, ha tenido graves problemas de drogadicción. Todas estas vivencias tan dolorosas ¿en qué ser humano le han convertido? No es cuestión menor en nadie, pero menos aún en un gobernante. De nuestras cenizas irrumpen tanto la empatía con el sufrimiento de los demás como la indiferencia. El presidente electo de Estados Unidos cumple este mes 78 años, lo lógico es que su vocación política sea ya más de servicio que de servirse, pero tampoco en esto hay reglas fijas. Ojalá le mueva dar lo mejor de sí mismo antes de entrar en su propia recta final. Sabemos que es católico, su madre —de origen irlandés— lo era. Sí, cabe preguntarse qué han hecho de él las lágrimas derramadas y las contenidas. Quizá nunca llegas del todo a saber quién eres, pero al menos puedes intuir en quién pudiste haberte convertido sin amor y sin perdón, sin amistad y sin familia. En definitiva, para un creyente, sin el milagro.

Días atrás, me abordó un empleado -y entrañable amigo- de la Biblioteca Pública: «…tú última columna estaba bien, pero qué dramática. Necesitamos sonreír». No siempre es posible rimar dolor y humor. Este viernes, tampoco. A ver si el martes. Mientras, Trump clama: «Esto aún no ha acabado». Mi madre diría: «el gachó es peor que un dolor de muelas». Ni siquiera ella, con su duende andaluz, pudo rimarlo todo.

Y de repente me acordé de unas palabras de Leon Bloy, que otras veces he citado ya aquí: «El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen, y para que puedan existir entra en ellos el dolor». ¿No es bella la vida, pese a sus caminos de ceniza?

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