Diario de León

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No pensaba escribir sobre este tema, hasta que en la calle escuché ayer a dos señores hablando de ello con entusiasmo. Puse la antena. Comentaban el programa de televisión en el que eruditos en paquirrismo dilucidaron sobre si Kiko Rivera es realmente hijo del doctor Muñoz Cariñanos, ya fallecido asesinado por ETA. El mozo mismo lo ha mencionado como un rumor más de los que circulan sobre su vida. Pues si no lo puede certificar Paquirrín y estuvo en el parto. Hacia el final, aunque lo sabían desde el principio, se informó de que dicho señor no era el padre, según las irrefutables pruebas de ADN. Occidente respiró tranquilo. Mantuvieron el suspense —que Hitchcock me perdone— comparando una foto suya con un retrato del sospechoso. La calvicie les daba un aire, pero como la gamba se parece a la cigala. No pudo ser, simplemente, porque no es. Aunque, como se dice en la canción, ¿a quién le importa? Eso ya no era la posverdad, sino regresar a ese momento anterior al brinco de la ameba al mono. Luego, el domingo, la criatura anunció que estaba desestresándose leyendo un libro muy bueno, si bien aún no había pasado de las primeras páginas.

Hace bien en ir despacio, cumplidos los cuarenta ya no te recuperas de los esfuerzos como antes. Asimismo, ha reconocido haber despilfarrado millones de euros «en adicciones y en ser generoso con los demás». Tal falso culebrón resultaría un divertido folletín picaresco si no le conllevase la obligación de seguir superándose en el bochorno. Por lo menos, hasta que llegue ese reportaje millonario que será la reconciliación entre madre e hijo. Este tango se quedará en copla. No hay suspense.

Bolsonaro, presidente del Brasil, ha soltado sobre la pandemia: «Todos vamos a morir. ¿Cuándo vamos a dejar de ser un país de maricas?». Kiko Rivera, al menos, no nos gobierna. De momento, solo reina en las audiencias. Pero así empezó Trump, triunfando en los realities.

Leo también que en los estancos leoneses se vende con fines relajantes un sucedáneo de la marihuana. Si no fumo de los malos, menos voy a hacerlo de los malísimos. A mi edad, lo único que me relajaría es que Bill Gates me regalase un millón de los que le sobran. Y que Paquirrín se aliste en la Legión Extranjera, claro.

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