Diario de León

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Una resolución emitida recientemente por el Procurador del Común de Castilla y León ha puesto el foco en las colonias de gatos descontroladas que hay en los pueblos, un tema del que poco o nada se habla, a diferencia del abandono de perros, para el cual ya existe un servicio, impulsado desde la institución provincial en colaboración de los ayuntamientos que lo soliciten, para recoger aquellos que vagan a su suerte por las amplias zonas rurales de la provincia.

Puesto que la propia Ley autonómica de Protección de Animales de Compañía establece una serie de obligaciones para su protección, sin que se distinga en ella si se trata de perros o de gatos, los niveles de protección deben ser los mismos en ambos casos, lo que significa que si hay una obligación de recoger perros abandonados, también se debería hacerse los mismo con los gatos. El Procurador del Común va a allá y exige que se meta mano también al control de las colonias felinas, como en León hace con éxito el Ayuntamiento o como ya hacen otras diputaciones de la comunidad que llevan a cabo los llamados CES, control, esterilización y saneamiento de las colonias felinas de las zonas rurales.

Se trata de una medida muy acertada para aquellos lugares en los que la masiva presencia de gatos pueda suponer un problema de salubridad, y también de seguridad vial, ya que, por desgracia, esas criaturas son carne de cañón para morir atropellas.

Pero en lo que no se ha incidido es en la necesidad de abordar campañas informativas para hacer un llamamiento a la responsabilidad de los dueños de los gatos. Todos sabemos que intentar controlar los movimientos de un gato en un pueblo es como poner puertas al mar, ya que entran y salen cuando quieren. De ahí la necesidad de esterilizar a las gatas que viven en esa especie de semilibertad que brindan los pueblos, porque lo que no puede ser es que haya gatas que paran dos o tres veces al año, trayendo a este inhóspito mundo hasta diez criaturas por camada que difícilmente encuentran dueño. Es muy entrañable que en verano las casas de los pueblos se llenen de simpáticos y juguetones gatetes que al cerrar las casas quedan abandonados a su suerte, casi sin posibilidades de salir adelante, o lo que es peor, ahogados en algún canal.

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