Diario de León

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Tengo un pariente que cada madrugada aproa su barco por el Mediterráneo para salir a pescar. Poco amigo de buscar problemas innecesarios suele capear las cosas con un ‘no llames al mal tiempo que el mal tiempo viene solo’.

Lo recordaba ante el penoso espectáculo del Dos de Mayo y esa pugna de gallitos, tan estéril como malintencionada. Quizá símbolo de un caciquismo que sigue sin abolirse. Y también recordaba las tormentas previstas a cuenta de ese neoplan del carbón que nos venden. Que cada día que pasa se parece más al vivido —o más bien al vendido o soñado y nunca hecho real— que llenó durante años y años páginas de la prensa con listados y listados de proyectos a los que ni siquiera se añadía un poco más de bombo para que sonase distinto. De todo aquello son evidentes las consecuencias con una breve visita a Villablino, Cistierna o Fabero, por poner unos ejemplos. Ahora, con igual guion y previsible final nos repiten la Transición Justa en cada hoja de calendario —el Ponfeblino puede ser clarividente—.

Pero quizá todo esto es un buen ejemplo del ADN español. Al mismo que se apelaba estos días con el Dos de Mayo. A ese trampantojo que pocas veces se puso tan en claro como con el amo del Lazarillo de Tormes, que colocaba unas migas sobre la camisola para aparentar que había comido. Aquí, unos y otros, e incluso los avalistas de gobiernos, han tenido que hacer juegos de verdadera prestidigitación para blanquear lo que en realidad era la nada de la nada.

Quizá por eso sí cabe mirar al Dos de Mayo como ejemplo de lo que es España. Aquel mítico día de 1808 probablemente en otro lugar sería el de la ignominia, el de la traición y la cobardía. En el que los que sí tenían algo que hacer o que decir se escondieron detrás de los visillos para contemplar cómo masacraban a sus paisanos, mientras entonaban el ‘olalá’ agasajando en sus caserones a los invasores gabachos. Es la historia escrita con los famosos renglones torcidos.

El sábado, un poco por casualidad, pasé por la madrileña plaza del Dos de Mayo, donde estaba el cuartel a cuyas puertas salieron solos Daoíz y Velarde para ayudar a los sublevados. Probablemente sí se está convirtiendo en un buen termómetro de la España que se vive hoy en las calles. Es un magnífico ejemplo de la roña que se acumula en lo que se nos ha vendido como símbolo de libertad. Esas calles sucias y emborronadas que amenazan con convertirse en normales. Esas que nunca se ven en otros países ajenos a los populismos y con un poquito más de poso democrático.

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