No muerde
Empezaba mi redactor jefe de Opinión de este periódico, Carlos Frá, su última columna confesando que no ha leído el Quijote. Me gustaría quitarle hierro a su pecado diciéndole: «No te preocupes, Cervantes tampoco lo ha leído», pero no puedo. Tampoco le voy a dejar de hablar por ello, ni ha de salir de casa disfrazado. Los cervantistas no mordemos. Lo que Frá admite es una de las paradojas de nuestra sociedad: el libro español más influyente de la literatura universal no es el más leído por los españoles… pese a su plena vigencia y a ser portador de felicidad. Mi compañero lo admite con fina ironía, pero sin jactancia. No importa, todo llegará; o no, que en esto no caben galeras. «Yo llegué hasta ‘de cuyo nombre no puedo acordarme’…, dirá ese lector que cree haber leído Moby Dick solo porque sabe que el bicho es cuestión es ballena y no anchoa. Mientras estemos vivos, leer es posible; más arriba o más abajo, ya no sé. En Entrevista a Cervantes le presento a este mi máquina de detectar falsos lectores del Quijote, para que se haga un selfi con ella, pese a que no funciona, ni ha funcionado ni lo hará, pues no tiene sentido fiscalizar, y lo que hay que hacer es disfrutar con esta obra maravillosa. A don Miguel le parece de perlas la afirmación que pongo en su boca, y de no parecérselo tampoco iba a decírmelo. La suya no es novela picaresca, sino de noble fracaso, sobre la quijotización de Sancho… y, a la vez, la nuestra.
Pero aún hay esperanza, pues esto mío no es rareza. El martes dialogaré sobre Cervantes, por Zoom, con estudiantes franceses del liceo Maurice Ravel. Y cada miércoles, empiezo mi taller El Quijote de 1605 para los mayores diciendo»: «Como canta Rafael… hablemos del amor, una vez más». En Cervantes, amor rima con humor y con dolor.
Luego, querido Carlos: ánimo, no muerde. ¿Quién dijo miedo? Híncale el diente y ya me dirás. Otra recomendación más: hazlo leyendo a la vez una buena biografía del autor, pues su vida —sin necesidad de romantizarla— tiene mucho de blues español. Eso sí, en su caso con un adiós final de triunfo de alegría innata, pese a tantos sinsabores. Y como todos tenemos nuestros pecadillos, a ver si un verano de estos empiezo el Ulises, de Joyce. Uff.