Diario de León

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Le gustaban las manzanas, como a su padre. Y echar la quiniela en El Benito, como a su madre. Hablar por los codos, leer hasta la última línea del periódico, escuchar la radio y destripar sus entrañas, como las de cualquier aparato que caía en sus manos, en busca de quién sabe qué misterios electrónicos. Muelles y pilas que rara vez volvían a su ser, y aparecían después repartidos por fondos de cajones y esquinas recónditas de la casa, en un semillero de juegos al despiste. Era el pícaro que escondía las pruebas del delito del aparato descuartizado como aquellos presos que soltaban poco a poco desde los bolsillos de sus pantalones, en los paseos del patio, la tierra con la que iban escarbando el túnel del camino hacia la libertad. Le gustaba sobre todo el fútbol, y por encima de todos los principios profesaba la fidelidad incondicional al Real Madrid.

El destino intentó quebrar su camino cuando tenía solo once años. Le fue retorciendo el cuerpo y le dejó una mente infantil para siempre, pero jamás logró doblegar una voluntad de hierro (bien entrenada por una madre irreductible) y una alegría, optimismo y capacidad de adaptación que le convirtieron en un hombre feliz hasta el último de sus días.

A ese destino y a los médicos que intuyeron que no viviría más allá de treinta años les hizo un corte de mangas con su disciplina inquebrantable de gimnasia y paseo. Su enfermedad convirtió su paso en un acrobático tambaleo que parecía siempre a punto de la caída. Nunca se cayó, ni dejó que sus piernas y sus manos retorcidas y temblorosas le impidieran seguir adelante. Con unas ganas de vivir, de saber y de compartir que pudieron con todo. Jamás dejó un hueco a la amargura en una vida de la que otros hubieran renegado como una desgracia.

La abuela murió, demasiado pronto, con la preocupación de quien nunca rompe el cordón con un hijo que sabe vulnerable. Nos dejó una tarea, nunca una carga. Ha sido para sus hermanos una ocupación constante, mas aligerada por la bondad de quien hizo de la conforme alegría su lema de vida. Con ese bálsamo crecimos.

La abuela siempre decía que la vida es un tango, y hay que saber bailarlo. Quizá Luis fue su alumno más aventajado. Dicen que para ser un ángel no hay que tener alas, sólo ser especial en la vida de otras personas. Tío Luis se fue esta semana, con la imborrable sonrisa que le acompañó en sus inimaginables 88 años. El ejemplo de su ángel jamás nos abandonará

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