Diario de León

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Con Concha y Carmen, la  Velasco  y la  Sevilla , poco o nada pueden hacer los odiadores de este tiempo, esa turbamulta de martirizantes  haters  con guillotina o navaja poniendo en las redes sus patíbulos o callejones. ¿Quién podría odiar a estas dos mujeres de gran gala, puros mitos de la escena, la canción o la simpatía?... Imposible la burla y el verduguillo con estas dos estrellas que hoy parecen encarar su apagarse y despedida (Concha tiene 83, 92 Carmen), ingresadas días atrás en lo que podría ser su postración final, aunque la muerte las ha venido respetando y aplazando, así que incluso su marchitarse se hace canto de vida, porque ¡qué dos vidas las suyas!...

Vienen a ser las dos como esas adorables tías que todos hubiéramos querido tener en la familia para que haya siempre alguien que se alegre de veras al verte, obsequiando abrazos prietos, y el clan no sea sólo un nido de alianzas, intrigas y desafectos. Porque las dos, Concha y Carmen, han ido paralelas en guapura indiscutible por fuera y belleza risueña por dentro. Tienen esa sonrisa que, con sólo verla, te apacigua el gesto de la cara relajando todos los músculos, menos los que tiran de la comisura de los labios hacia arriba y de las cejas hacia abajo (haga la prueba quien lea esto y verá que ocurre así con tan sólo buscar en la memoria una instantánea, un fotograma, algún primer plano). Y si en Carmen parece adorable su feliz ingenuidad o ingenua felicidad, en Concha se hacen admirables todos los registros mostrados como actriz o show-woman y también su compromiso político, como lo fue encabezar aquel desfile de gentes de la escena y la cultura poniendo un dedo circunflejo sobre la ceja para proclamar así su admiración ilusionada por el zapaterismo de los primeros pasos, aunque ya vendrían después algunos lamentando su ingenuidad, esa patria de la Sevilla, como se dijo, tierra de la bondad en blanco y de la sana candidez donde deberíamos encontrarnos todos más a menudo siguiendo la orden evangélica de «sed cándidos como palomas y astutos como serpientes».

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