Diario de León

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En el listado de damnificados por el cambio climático conviene apuntar este año al sistema educativo en León. Sólo con la referencia a las altas temperaturas, que han metido en sandalias el verano hasta la salida de la misa del Pilar, se entiende que en esta provincia sigan todavía de vacaciones los responsables de ajustar las plantillas, cubrir las cerca de un centenar de vacantes en los centros educativos, reducir la tasa de interinidad, atender las necesidades del personal y, ya puestos, conseguir que tengan profesor los cerca de 2.000 alumnos leoneses que aún aguardan al titular de alguna de las materias que conforman su horario lectivo. Entre unos puentes y otros, que se solapan hasta después de la Inmaculada, no tienen prisa por cumplir con la plantilla docente y administrativa, cada vez más menguada, mientras a la par crecen el listado de puestos de confianza que hacen coro a los políticos. Si apuran un poco, como recompensa, la Consejería de Educación de la Junta se puede ahorrar los jornales hasta que se tengan que poner los exámenes de la primera evaluación. Aunque la consejera de Educación de la Junta, Rocío Lucas, ya se ha adelantado a poner nota al arranque escolar en la provincia: «muy positivo, con buenas noticias, sin perjuicio de algunas incidencias». Podía haberlo resumido mejor con ese latiguillo irónico con el que los leoneses zanjamos la respuesta cuando nos preguntan cómo nos va: menos lo malo, todo lo demás bien.

La radiografía del sistema incluye que ni siquiera hay director provincial de Educación, ni parte de las plazas administrativas que se encargan de los llamamientos a los profesores, pese a los esfuerzos por tapar la realidad del delegado territorial. En modo avión, el sistema educativo que sustenta la formación de casi 52.000 alumnos se desmonta por piezas de manera progresiva. En los ultimos 10 años han desaparecido 80 de las 203 escuelas rurales, como alertan los sindicatos, que acusan a la consejería de no actualizar el pago del kilometraje, ni pagarlo a tiempo, ni incentivar la estabilidad de las plazas itinerantes, ni compensar de manera adecuada a los profesores que se atreven a mantenerse en estas plazas de las que depende buena parte de la supervivencia de la población en los pueblos y la atracción de nuevos vecinos. La degradación hace mella curso tras curso hasta que no quede nadie en clase.

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