Diario de León

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A Marcelo, que fue guerrero antes que santo, había que encumbrarle en León por haber llegado tan lejos con el ejército romano; centurión, nada menos, pese a haber visto la luz en los callejones de León, que entonces no era ni reino, ni ciudad, ni vieja. Un puto campamento. A ver cuántos cazurros pueden decir ahora lo mismo mientras escalan por el organigrama de mando en plaza de la Junta, que es otro imperio, aunque no tenga pizca de civilización. De Marcelo centurión, destaca la catarsis de los conversos, y esa tendencia a mostrar debilidad tan leonesa, eso de dar ventaja al enemigo en vez de mandobles, cuando tira a la espada al suelo, y deja constancia que no tiene otra entrega que el Dios del cielo y la tierra. Labios abiertos hunden barcos. Causa del fallecimiento: decapitado, escribieron los forenses de guardia que tomaron parte de la resolución del rifirrafe del comandante de la tropa mientras se celebraban los festejos por el nacimiento del emperador Valerio. Lo normal, si prescindes de la espada y traicionas el valor del uniforme y pisas el símbolo de la autoridad, que en el caso del centurión leonés era el sarmiento de la vid que daba rango a los cuadros de orden entre los soldados rasos. Allá acabó Marcelo su prolija vida, que compartió con Nonia, con la que se reencontró en la santidad, luego de un matrimonio fecundo, con vástagos que honraron la devoción de los progenitores; vástagos que dieron vida y relato al santoral: Claudio, Pupercio, Vitorico, Facundo (una celebridad en Sahagún), Primitivo, Emeterio, Celedonio... La piedad se da por supuesta en la mesa con el vino y el queso y la hogaza cuando Nonia y Marcelo llamaban a comer. La espada del centurión Marcelo debía ser materia curricular en los colegios leoneses, igual que el pasaje de Froilán y las alforjas que le puso al lobo que le dio gañote al burro del obispo anacoreta. Otra solución que pasó por alto Ursula von der Leyen, atrapada por esa rigidez luterana. Qué autoestima la de Marcelo, qué ambición. Y a pesar de los patronazgos encomendados, de la ciudad, calles, plazas y templos a su nombre, la festividad casi se nos pasa a largo, si no llega a ser porque Morano y Cabañeros le encomendaron la brigada especial.

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