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Una carta al director de Marta Valbuena Rodríguez publicada ayer en este periódico llamó mi atención. «No dejéis que los nefastos profesionales ganen. Dejad que los puestos de trabajo los ganen el talento y el bien hacer, no el nepotismo y la mala praxis». Marta compartió su experiencia vivida en un centro sanitario público de León. La lectura de este escrito me hizo reflexionar sobre los espacios que estamos construyendo para trabajar, convivir y pasar nuestro tiempo de ocio. Es decir, los ambientes en los que pasamos toda nuestra vida, los que compartimos mientras criamos a nuestras hijas, cuidamos de nuestros familiares, nos relacionamos con nuestros amigos y cumplimos años irrecuperables.

El médico Mario Alonso Puig relaciona en una entrevista en este periódico las causas del aumento de los problemas de salud mental con la pérdida de valores de una sociedad que confunde el éxito en la vida con el poder y el dinero, lo que lleva a tratar a las personas como un medio para conseguir cosas y no verlas como un fin en sí mismas. «Usar a las personas» y sentirse utilizada y no valorada es el caldo de cultivo para la desmotivación, el agotamiento físico y mental, y la aparición de los problemas mentales. Las estadísticas son tozudas. Cuatro de cada diez españoles consideran que no tienen una buena salud mental. ¿Cuándo empezó este modo de vida?

Creo que, a la vista de los resultados empíricos, se confunde el temperamento y el carácter. Cada uno de nosotros nacemos con un temperamento definido por nuestros genes, no hay posibilidad de cambiarlo, somos como somos, del derecho y del revés, y así seremos hasta el final de nuestros días. Lo que nos diferencia es el carácter, es decir, el trabajo de crecimiento personal consciente que hemos decidido adoptar para relacionarnos en la vida con otras personas. Socialmente está muy extendido atribuir un carácter fuerte a las personas que se enfadan fácilmente, que se ofenden, que insultan, critican, gritan, hacen de menos y se afanan por imponerse a los demás con un comportamiento déspota. Nada más lejos de la realidad. Estos comportamientos denotan una ausencia total de control y una debilidad de carácter evidente para dominar el auténtico temperamento. Sin embargo, hay que tener un carácter muy, muy fuerte, para no sucumbir a las provocaciones y seguir con tu plan de vida, con respuestas templadas donde hay provocación, silencios cuando aparecen los gritos, alejamiento cuando hay ofensa. «Podemos escapar de todo excepto de nosotros mismos», dijo el escritor José Saramago.

Cada persona soporta una «lucha invisible», como diría mi amigo Eduardo Aguirre. Creemos espacios de respeto y reconocimiento para frenar esta pandemia de problemas de salud mental.