Diario de León

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Que borjas y cayetanos macerados en gintónics vayan a una mani de previsible borroka y pedrada tiene su paradoja, aunque los extremos, de tanto tocarse, acaban recitando el mismo catecismo de hostia limpia y cara sucia. Vemos estos días en Madrid y otros sitios algaradas elogiadas ante sedes del Psoe y actuando en ese escaparate ruidoso marcas blancas de unos partidos que después se llaman andana con que lo suyo era manifestación pacífica no responsable de los grupos incontrolados o infiltrados cuya violencia se ven tardíamente obligados a condenar, pero entendiéndola, dicen, por el hartazgo social que provoca en la nación un gobierno felón. Un espíritu de grada vocinglera inspira al encapuchado bronco y al de canas con bastón blandido: ¡a por ellos, oé!; y en la solapa y la cartela, un lema pegatina: ¡Perrosanxe hijoputa!, ¡Puchdemón al paredón!, metiendo en el grito a Chapote, claro, y maricón el que no bote.

En el café de nuestro corrillo un abuelo nos oye, olvida su habitual gesto tranquilo, pide perdón por inmiscuirse en nuestras pinturas y plantea: ¿las dos Españas intactas?... ¿arde la calle en nostalgias calibre 36?... ¿cuánto tardarán los excesos en invitar a muerte?... y si se pierden los estribos, ¿quién se cae antes del alazán desbocado que en realidad sólo es un burro con jinete de ideología pollina?... ¿también aquí, como en Buenos Aires, « la esperanza es lo último que se... perdió »?...

Mudos quedamos.

Sócrates intentó, sin embargo, disiparle sus temores insistiendo en su vieja teoría: «no pierda usted la paz ni la fe, amigo mío, no hay dos Españas, son sólo una, la misma, pero es bipolar por norma histórica o pluripolar cuando se ataca de nacionalismo aldeano, aunque ocurre que cíclicamente lo bipolar se le excita en brote esquizofrénico y, entonces, se arrea guantazos a sí misma o busca hacer llegar la sangre al río por necesitar la semilla de mártires que justifiquen privilegios, particularidades y el confortable butacón desde el que cavila, especula y embiste».

Y volvimos a quedarnos mudos.

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