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Es la otra lotería. La de en qué parte del mundo te toca sobrevivir. O morir en el intento. La Europa con la que tanta miseria sueña, sin conocer sus resquicios o aceptando que son una amenaza colateral ante la desesperación total, se felicita porque después de años de debate incompetente, demagógico, con más trasfondo de refuerzo ideológico que análisis de la realidad o propuesta de soluciones, ha conseguido firmar un pacto migratorio. Quizá con más sombras que luces, pero un pacto al fin. En todo caso, poco de lo que felicitarse tras demasiado tiempo de mentira y mucho mirar la para otro lado. Excesiva permisividad no ya en el discurso del odio, sino, lo que es peor, en el de la indiferencia.

Retorcida cuestión de falta de empatía no ya social (que para otros fines bien que saca colores y banderas a la calle), sino gubernamental. Y ahí poca disculpa es aceptable. En todo caso, amparada en quienes nunca se han movido de su zona de confort. Y eso que la mayoría hemos sido o seremos migrantes. Eso siempre da miedo.

Porque esto no va sólo de pateras. Migrante es quien desde el analfabetismo digital se ve impedido para ejecutar no ya cualquier acción u obligación, sino para ejercer sus derechos. Una legión creciente de desplazados, mayoritaria en una provincia como León, envejecida, aislada y olvidada en la práctica de sus necesidades, aun en medio del ensordecedor trueque de castañuelas políticas. Un aislamiento y una impotencia en la que resulta difícil navegar para intentar formar parte de la tontuna artificial que llaman inteligencia. Tiene enormes virtudes, pero arroja por la borda sin flotador a demasiados desahuciados cuya deriva no interesa. No se ahogan en el mar, pero agonizan igualmente.

Migrantes quienes venos un futuro de nubarrones asistenciales, con personas que viven más de lo que pueden gestionar y familias que no pueden con la carga de los mayores dependientes.

Migrandes todos en un mundo en convulsión permanente, que involuciona hasta el clásico de que sólo sabemos que no sabemos nada de lo que va a pasar.

Hay migrantes más desgraciados que nosotros, necesitados de esa ayuda humanitaria que, de tanto abusar del término, ha perdido su sentido. Mas todos somos vulnerables, o lo seremos. En un mundo en el que cada vez se arroja más de las pateras de la dignidad a los indefensos. Ese mundo feliz de Huxley en el que todo es aterrador