Diario de León

TRIBUNA

LUIS ARTIGUE
ESCRITOR

Villalobar, el primer mundo, o querida primera novia

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Querida primera novia: Villalobar, que sigue solitario como tú lo dejaste, continúa siendo un pueblo con tamaño de mundo en el que el tiempo, enlagunado, transcurre largo y lento como un beso a escondidas. Y, porque es verano en los bancos de la Plaza, en la Cuesta de Hoguera, en el Trinquete, en los casetos de las bodegas cercanos al cementerio y sobre el Toro de Osborne, lucen como estrellas cercanas todos los recuerdos de nuestra adolescencia.

Querida primera novia de todos: recordarte es más que nunca encender una vela por la revolución que no pudo ser, ahora que vuelvo al pueblo; al primer mundo: a este rincón costumbrista, surrealista y sin lógica suspendido en el vértice del tiempo, y cuyas únicas leyes infranqueables son la ironía, el cainitismo, el ingenio, el vitalismo, la política, la familia y las fiestas de San Miguel en mayo (a pesar de que el día de San Miguel sea oficialmente el 8 de septiembre: ¡la originalidad es lo nuestro!).

Decía el poeta John Milton que el paraíso no existe pero el paraíso perdido sí. Y, sea eso como sea, hoy regresamos todos —Gaude y César, Alfonso, Alfredo, Esteban, Roberto y José María, Javi y Oscar, Alicia, David y Ruth, Rosana, Carmina, Miguel Ángel y Noelia, Leticia, Remi, Garci, Javi, Carmelo, Goyo, Pablo y Roberto, Nesti, Fernando, Raúl, Esteban, Gabi, Gabriel, Miguel, Braulio, Iván, José Ramón, Valero, Jacque, Humberto, Juan Carlos, Jorge, Saul, Daniel, Jorge, Yoli, Estela, Nicanor, Floren, Pilar, Ana, Isidro, Delfi, Fidel, Jesús, Emilio, Juanjo, Oscar…— al paraíso perdido de nuestra adolescencia para repasar la vida. Todo omitiendo tu nombre aunque, por supuesto, no olvidándolo porque para nosotros, lo reconozcamos o no, lo significa todo.

Recordamos con nostálgica dulzura a todas y cada una de las amigas del alma que tuvimos en Villalobar porque son el capítulo uno del libro de nuestro educación sentimental. Y recordamos que el capítulo dos de ese libro de nuestra educación sentimental se titula «las asturianas bravas». Y en especial, y en secreto, querida primera novia, recordamos tu nombre y aún a veces lo pronunciamos con aplicada duración…

Estés donde estés gracias por decirnos que no.

Y es que en efecto Villalobar entonces, cuando llegó a nosotros la adolescencia, que fue mucho antes de que la adolescencia llegara a nosotros, era un pequeño pueblo o resumen del mundo en el que todo lo recordable que nos sucedía fundaba algo; un comienzo eterno.

En verano, bajo un cielo hermoso cuyas tonalidades recordaban al trigo ardiendo, vivíamos en la calle cada uno con lo nuestro y sin los nuestros. El silencio era un ramillete de secretos, de recuerdos, que teníamos en común. El tostadillo —«licor de uvas, y de dioses, y de adioses»— acentuaba la alegría y la melancolía en la misma medida. Aullaba la pureza. El pueblo tenía el candor de lo que empieza.

Querida primera novia de todos: recordarte es volver a empezar.

De hecho empiezo a escribir esto ya borracho, lo confieso, sentado en el filo de la acera de esta calle en la que nací y en la que vivo de memoria recordando a mi madre —no pasa un día sin que me acuerde de ella— porque mi madre tenía los ojos tan azules que se diría que era capaz de teñir de luz las cosas, y siempre creo ver sus ojos en el cielo de Villalobar. Hace calor hasta de noche en Villalobar y los gatos lamen las estrellas.

Todo tiene ya algo de rito, y la nostalgia va haciéndose con todos mis sentidos porque me ha dado, amiga, por pensar en ti y por regresarte.

Oh, musa cuyo cuerpo parecía un radar. Niña jazz. Novia furtiva con los traumas de la infancia escritos en tus maneras y esa fragilidad líquida y seductora en tus ojos de perdida. Amor primero. Quimera. Instante en el que descubrí para siempre ese magnetismo femenino capaz de cambiar el curso de las cosas…

En efecto volver a Villalobar no es el presente sino la suma de todo.

De hecho nada como este pueblo con noches azuladas casi de luz de candil; nada como un lugar atávico donde los hombres duros como el mango de sus zoletas inventan el nombre de sus hijos, y por eso aquí hay quien se llama Dorina, Gario, Tate, Mógenes, Sócrates, Tides, Ligio, Lauro, Biel, Batín, Isacio, Tinina, Garcilaso, Delfín, Trini, Telvi, Sión, Fanía, Pacita, Flora, Celedonio, y por ahí todo seguido.

Vuelvo a Villalobar corroborando que, como dice el evangelio, me llamo legión porque somos muchos dentro. Y, a tal efecto, digo Amelia, Rocío, Sonia, Carmina, Maite, María José, Nieves, Lourdes, Conchi, Camino, Flor Alba, Ana, Coral, Dori, Mónica, Beatriz… Y, en nombre de todos, recuerdo que hay personas que hacen nido en nuestro corazón y, cuando hacemos balance, su influencia se convierte en un convenio que hemos firmado con los buenos tiempos.

Sí, querida primera novia de todos que te fuiste despacio como si el polvo fuera nieve que recoge, en relieve, las huellas de la huida: que la luna te alumbre; que el sol no te deslumbre; que la vida te trate dignamente.

Hace calor hasta de noche en Villalobar y los gatos lamen las estrellas. Todo tiene ya algo de rito, y la nostalgia va haciéndose con todos mis sentidos porque me ha dado, amiga, por pensar en ti y por regresarte
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