TRIBUNA

Enrique Ortega Herreros médico psiquiatra jubilado

Epístola de Pedro ‘el mentiroso’ sobre la verdad

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Consideración previa: dado el éxito rotundo de mis anteriores misivas, me dirijo a todos vosotros por este medio con la intención de demostraros que no solo soy un hombre (¿y poeta?) enamorado (de mí mismo no, coño; mira que sois picajosos), sino que, también, estoy entregado sin descanso a la causa (no digo en qué consiste la citada causa para que no le saquéis punta, que os conozco). Bueno, comienzo.

Socios, vasallos, paniaguados, trepas, incautos, timoratos, fachas, borregos y adefesios en general: Me dispongo a ilustraros sobre el uso (y abuso) de la mentira para que sepáis encontrar la verdad allí donde ésta se oculta aun siendo, en apariencia, falsa. O no. Adivina, adivinanza. Por ejemplo, ¿Quién dice la verdad en Los renglones torcidos de Dios de don Torcuato? A veces lo que parece ser, es, pero otras veces lo que es no se parece a lo que es. No cejéis en vuestro empeño de encontrar la verdad en la mentira, y la mentira en la verdad. (Me encanta y me pone cachondo el mero hecho de imaginar la cara de gilipollas que estaréis poniendo en estos momentos, leyendo estas primeras frases introductorias al tema).

Sé que más de uno de vosotros estará pensando que esta epístola la ha escrito un negro. No diré ni que sí ni que no para que la duda alimente vuestra imaginación y aprendáis a discernir lo blanco de lo negro. (Vaya, pero qué ocurrente soy). Es cierto que a mí me gusta llamar carta a la carta y a él (al negro) le da por llamarla epístola, como un tal Pablo que escribía a los Corintios, los de las uvas pasas famosas, según me han dicho. Ya me conocéis y sabéis que yo siempre digo la verdad en el momento adecuado, pues la verdad es cambiante siguiendo la adecuación a los momentos. Es un error creer que la verdad es como una foto fija o que tiene una estructura sólida como una roca. No digo que la verdad sea gaseosa (solo a veces, excepcionalmente), pero sí que es líquida para que así pueda adaptarse al continente que la contiene. No permitáis que los árboles no os dejen ver el bosque. Esta última frase no es mía, ni del negro, pero es acertada como metáfora, según me han dicho.

Sé que hay fachas fangosos, casposos y asquerosos que me endilgan los sobrenombres o los alias de mentiroso y trilero. Yo ni me inmuto, pues os diré, para ilustraros, que el mentiroso (¿cómo yo?) es quien mejor conoce la verdad, y si la oculta o la niega es para emplearla en un futuro en el que pueda ser asimilada y hacerla brillar. Y en cuanto al trilero, él sí sabe dónde está la bolita (la verdad) y solamente pretende estimular al personal a descubrirla (bueno, es cierto que trata de ponérselo difícil, pero es solo para potenciar su inteligencia). Ahora, si el personal se lleva a engaño, eso es cosa suya, porque tengo más que comprobado que el personal se deja engañar a sabiendas, y eso es porque cree que la mentira tiene más recorrido que la verdad, pero yo no engaño a nadie que no quiera ser engañado. Fijaos en lo sincero que soy.

Y ahora paso, queridos papanatas (perdón, quería decir personal), a ilustraros sobre la importancia de posponer la verdad (es decir, mentir según vuestra interpretación equivocada) cuando de la Política con mayúsculas se trata. Estamos hablando de palabras mayores, no de conceptos filosóficos, éticos o estéticos de la verdad que van únicamente a lo superficial del asunto (esto es de cosecha propia, y me gusta remarcarlo). No hay que olvidar que en política lo que es blanco puede ser negro, y viceversa. Todo depende de la adecuación a los principios sacrosantos, axiales del partido (Partido, con mayúsculas). Las malas lenguas envidiosas, hipócritas y descolgados de la Historia dirán que, sobre todo, siguiendo los intereses del mismo, y en particular de los de su jefe. Esa es la consecuencia de la mirada torva, miope y alejada de la realidad de esa caterva de dinosaurios anclados en el pasado.

Os voy a dar un ejemplo de verdad, pero que parece una mentira. Cuando yo menciono e insisto en el progresismo dejo que el propio concepto cale e ilumine el camino, y funciona porque es considerado un bien verdadero. Lo mismo que cuando insisto en la necesaria distribución de la riqueza (ajena, pues de la propia y la del Partido ya me encargo yo solito). Es posible que mi lenguaje no verbal no se acompase con el del énfasis que yo pongo en el verbal, y que tampoco diga en qué consiste ni el progreso ni la riqueza; por eso, los malvados mienten achacándome a mí la mentira. Y yo os digo: en último término se trataría de «una mentira verdadera». Que una cosa es la «verdad subjetiva y otra la verdad objetiva». Yo no sé muy bien lo que el negro, perdón, el intelectual que me lo ha soplado, ha querido decir, pero es que se ha empeñado en que lo diga y lo subraye.

Ahora os voy a poner un ejemplo de mentira, pero que parece una verdad, es decir justo lo contrario del ejemplo anterior. Algunos (muchos, me da igual) me tildan de narcisista y psicópata. Esa es la mentira con apariencia de verdad. No se andan con chiquitas esos ignorantes y carentes del significado auténtico del amor propio. Se trata de gente acomplejada que pretende dar importancia a lo que ellos llaman valores, tales como la empatía, el respeto, e incluso el sacrificio en la búsqueda del bienestar común o del otro. Pamplinas de seres inferiores. Se confunden o ignoran que el amor bien entendido empieza (y a menudo acaba) por y en uno mismo. Igual ocurre con el Poder con mayúsculas. El poder (lo mismo que otro verbo, fonéticamente parecido, que empieza por jota) es una disposición intrínseca que la naturaleza ha dispuesto en los elegidos como seres superiores, como es mi caso. La forma de conseguir poner en práctica ese poder es secundaria e irrelevante. Esa es la verdad. Lo que ocurre es que los seres inferiores, igualmente determinados por la naturaleza, son envidiosos que se rebelan (inútilmente por otra parte) contra su destino.

Espero, mejor dicho, estoy seguro, que mis enseñanzas hayan abierto vuestras entendederas (al margen de lo torpes y manipulables que sois) y veréis en mí el líder carismático que siempre he sido y seguiré siendo, y que por supuesto necesitaréis por los siglos de los siglos (aquí yo creo que el negro se ha pasado un poco, no mucho; solamente le ha faltado rematarlo con el consabido «amén»).

Y ahora os dedico, con la sinceridad que me define, unas «perlas» como resumen de lo dicho: «La verdad es paciente, es benigna, no tiene envidia, no presume ni se engríe, no es indecorosa ni egoísta, no se irrita, no se alegra de la injusticia, goza de su misma verdad». No me digáis que es un plagio (ya sé que estáis pensando en que de eso yo conozco un rato, incluso que estoy doctorado, so cabronazos) de la carta del tal Pablo a los de las uvas pasas, pero cambiando el nombre del sujeto. Vaya, que donde dice verdad, es amor. Da igual, porque se trata del amor a la verdad. Es que ya no se puede uno fiar ni del negro, que te da gato por liebre en cuanto te descuidas. De todas las formas, os transcribo dos refranes que no son míos, obviamente, pero que tienen su miga e ilustran esta misiva: «En España, pasa por tonto el que no apaña». «La mentira te hará vivir, la verdad morir». Y bien sabéis cuánto amo yo la vida…

No hay que olvidar que en política lo que es blanco puede ser negro, y viceversa. Todo depende de la adecuación a los principios sacrosantos, axiales del partido (Partido, con mayúsculas). Las malas lenguas envidiosas, hipócritas y descolgados de la Historia dirán que, sobre todo, siguiendo los intereses del mismo, y en particular de los de su jefe