Las ballenas de Arbas
«El primer documento que alude a la caza ballenera en Asturias es de 1232 y hace referencia a una cala junto a la isla de Entrelluxa, en Carreño, frente a la Ciudad Residencial de Perlora. Este documento es un contrato entre el abad del convento de Santa María de Arbas y dos vecinos de Avilés que pagaban por el aprovechamiento ballenero de ese lugar».
Anoto el curioso dato histórico leyendo el magnífico libro Laberinto mar, de Noemí Sabugal. Otro más en su impecable trayectoria literaria. La curiosidad tiene el don de trasladarnos en el tiempo y el espacio. Cuando se construyó el complejo conocido como Ciudad Residencial de Perlora, con presencia de varias empresas leonesas y muchos paisanos nuestros disfrutando allí de sus vacaciones —cuántas pérdidas incomprensibles-, se descubrieron restos óseos de cetáceos. Buena parte de esta ubicación correspondería entonces al puerto ballenero, el segundo documentado más antiguo del mundo y parte de cuya propiedad pertenecía al abad y convento de Santa María de Arbas, en la vertiente leonesa cercana al Puerto de Pajares. Un buen motivo para detenerse y contemplar la colegiata. No sé si habrá alguna ballena como motivo decorativo —sí naranjas heladas de leyenda-, pero todo podría ocurrir. ¿No se representan acaso sirenas en la iglesia de San Martín de Valdetuéjar? Las leyendas encienden después todas las luces posibles y escriben un mar en un valle para hacer creíble la historia.
La abadía de Arbas, con notable predicamento histórico e influencia en la comarca, tenía ya a finales del siglo XII un enorme patrimonio, que se fue ampliando con posesiones y concesiones en lugares muy diversos. Entre ellos, el puerto pesquero citado, que, dado el carácter mercantil de la abadía, sirvió para la importación y exportación, para el comercio en general. El pago de explotación del puerto se hacía, además de en dinero, en parte de sus aprovechamientos balleneros, una industria muy lucrativa: en concreto aquí, del «pez monstruoso» se aprovechó la grasa, que llaman saín, y que se usaba para las velas, el alumbrado de entonces.
El puerto leonés era de especial interés económico para el centro monástico. Lo que no he logrado llegar a conocer es si la carne de ballena formó en algún momento parte de la dieta de las gentes de este atractivo entorno geográfico. Me consuela saber que una nueva curiosidad, y ya son tantas, mantiene la mirada al acecho. No está mal.