FUERA DE JUEGO
Odio subnormal
No hace tanto, nos tocaba escuchar risotadas en todo tipo de recintos tras escuchar cosas como:
—Papá, soy gay.
—¿Tienes chalé y coche deportivo?
—No...
—Pues entonces, hijo... ¡eres maricón!
Personajes como Arévalo triunfaban, y eran imitados por los ciudadanos cuando hacían mofa de cojos, ciegos, gordos, discapacitados, homosexuales o con sus afamados gangosos. No sé si aún vive este humorista, pero también seguro que hoy lo «fusilarían», literalmente en redes, los que no hace tanto le hacían la ola. Toca encuadrarlo en su tiempo, y sería ridículo intentar extender culpas como cooperador necesario a ese hijo suyo que tantas pruebas da de su gran talento.
El problema no es nuevo y extiende sus ramificaciones hacia lugares tan terribles como los patios de los colegios. Los maestros son los primeros que en ocasiones facilitan las cosas al no dar la cara ante determinados personajes. Alguno asegura que normalmente se puede aplicar lo de «visto el chaval se puede adivinar lo que le acompaña en casa».
Hay que respetar a ¡todos! A cada cual como es... su raza, su origen, sus creencias, cómo piensa, su sexualidad, cómo ‘tunea’ su cuerpo... Detrás de los odiadores ‘profesionales’ suelen esconderse frustraciones, complejos y envidias. Señalar al diferente o ridiculizar, cuando no criminalizar, al que piensa distinto es una buena prueba de lo que lleva cada uno en sus entrañas. Con esa cobardía supina que busca la mofa fácil, intentando apañar avales de unos cómplices que demasiadas veces lo que hacen, por lo bajini, es reírse en realidad del bocazas.
Quizá en la base de todo esto hay también una considerable dosis de prepotencia y sectarismo. En caso contrario, es dificil entender que alguien justifique que decenas de miles de personas insulten en un estadio de fútbol a un chaval llamándole mono por ser negro. Y el argumento es tan sencillo como conocido: es que va provocando. Como dijo aquel juez sobre la chica que, según él, había sido violada por llevar la minifalda demasiado corta...
Son tiempos complejos, con el altavoz fácil de las redes a disposición de quienes probablemente son verdaderos subnormales. Una palabra que por fin ya no se emplea para referirse a quienes no lo son, pues sólo tienen una discapacidad. Pero nos rodean muchos que no alcanzan la normalidad... y lo peor es cuando se les subvenciona, y se les facilita un ‘altar’ público...