Diario de León

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Quedé en el madrileño café Gijón con el escritor leonés Demetrio Fernández-González. Mi puntualidad británica y cierto despiste innato me hicieron llegar una hora antes. Conversamos acerca de Los papeles de Walter Benjamín (Pigmalión), su nueva novela ensayo, segunda entrega —de lectura independiente— de la trilogía Constelaciones de Europa, su indagación sobre el horror en el siglo XX, que comenzó con Sinfonía de Praga, y que concluirá con La alegría de vivir. Es fascinante que un leonés de Villahibiera, surgido de un ambiente rural y humilde, al que vuelve en cuanto puede, posea una mirada tan europea… sin dejar de ser tan nuestra. ¿Extraño? ¿Por qué? No hay dos Demetrio en uno, es el mismo. Aquel niño estudioso se convirtió en catedrático de Literatura y en prestigioso inspector de Educación, con trayectoria en el extranjero. Aquel niño —hoy cerca de la jubilación— ha tardado años en escribir sus obras sobre aquella Europa de los años treinta y cuarenta del pasado siglo, a la que hoy percibe en peligro de nuevo, pues lo está. Lo estamos.

Algún día, los manuales de literatura le llamarán «autor de culto». A qué esperar, la suya es gran literatura: seria en su intención, juego en su mecanismo estilístico. Esta vez, nos «trae» el manuscrito que llevaba Benjamin en la maleta, en su huida de los nazis. El filosofo se suicidó en nuestro PortBou, en 1940, para no ser entregado vivo a sus perseguidores.

También lo haría Zweig, en 1945, en Brasil. ¿Dirías que aquello ocurrió hace mucho solo porque tú aún no hubieses nacido o tus padres eran niños? Cada libro suyo conllevaba un puñado de problemas narrativos, que él resuelve con la coherencia del filólogo, sin rendirse.

El 28 de enero, san Tirso en el santoral, presentará en Madrid Los papeles. Y como el santo es el patrono de Villahibiera, hará mención a sus raíces, de las que tanto se enorgullece. No, no hay dos Demetrio, sino uno. Gracias, pues, por este libro tan necesario en tiempos aciagos. No te rendiste ante su dificultad técnica y ética, ante tu gran autoexigencia. Gracias, en nombre de los caídos, y por recordarnos que aquello no ocurrió hace mucho. Gracias por ser de aquí y —a la vez— tan universal. En definitiva, tan humano.

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