Diario de León

SEGURIDAD Y DERECHOS HUMANOS

Transparencia

Nuestra foto de perfil nunca es sincera, todos buscamos salir lo mejor posible

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Considero que todos podríamos estar de acuerdo en asumir que nuestra sociedad es cada vez más transparente. Las redes sociales, las posibilidades tecnológicas para descubrir lo oculto, o simplemente la frenética conectividad, nos inducen a pensar esto.

Pero, quizás no sea más que un señuelo, una ilusión creada por la propia convicción de que en un mundo que gira tan vertiginosamente y las noticias fluyen de igual manera, no hay cabida para lo oculto, lo ignoto. Lo cierto es que se ha llegado a esta conclusión por las masas, quizás de forma precipitada.Los datos se han apoderado de nuestras vidas, todo son datos y los recursos digitales existen gracias al lenguaje numérico lo que hace que el conocimiento adquiera cierto simbolismo más allá de la palabra perdiendo consistencia la información transmitida. Es fácil manipular la consciencia del Homo Digitalis.Manipulación es antinómico a transparencia aunque no tanto si tenemos en cuenta que la transparencia, o el exceso de ella, puede esconder cierta manipulación. El ejemplo lo tenemos muy presente en nuestras redes sociales. En nuestros perfiles, no cabe duda de que nos exhibimos, son hogueras de las vanidades en las que purificamos nuestros pequeños y grandes defectos.Nunca la foto de perfil es sincera, todos buscamos salir lo mejor posible, transmitir nuestra mejor versión. Luego vienen los desengaños porque no hemos sido del todo claros, ni con nosotros mismos, ni con los demás. Confundimos nuestro perfil con nuestra verdadera identidad. Nos llegamos a creer que somos los de la foto. Esto, casi nunca ocurre, ni siquiera en los profesionales de la transparencia como los que se dedican y viven de exhibirse públicamente.La transparencia corre el riesgo de aburrir. No deja lugar a la imaginación, e incluso agota algo necesario como la conspiración que alimenta los sentimientos más oscuros de nuestras conciencias y ensucia el alma como el carbón. No podemos prescindir de lo ambiguo, del mal, porque sino este mundo se acabaría y comenzaría otro bastante monótono, no sé si mejor.Sería bueno parar esa sobredosis de transparencia en la que hemos caído y que se ha impuesto como una doctrina de obligado cumplimiento para ser admitido, y algunos privilegiados aclamados, cómo los nuevos modelos humanos, versión digital de las esculturas clásicas.La transparencia lo explicita todo de manera que no activa el cerebro, lo aletarga, lo máximo que consigue es provocar reacciones inmediatas y sin control a estímulos que adolecen de las mismas características. Puede llegar a ser obscena cuando carece de toda moral.Hay una obsesión generalizada por hacer todo de forma transparente. Pareciera que si no actuamos de esa manera no estamos a la moda. Usamos el término de forma tan habitual que a veces lo hacemos erróneamente y aquello que es traslúcido lo consideramos transparente, con las consiguientes consecuencias negativas. Creemos que percibimos nítidamente nuestro entorno, pero en realidad solo alcanzamos a ver de forma clara atisbos de esa realidad.Ser transparente tiene sus riesgos porque puede provocar cansancio en los demás con el consiguiente desapego. Sería un doble castigo. Por un lado, requiere la cruz de esforzarse por conseguir una purificación inmaculada, al menos de cara a los demás, y por otro, una vez perdido el interés llegará la soledad del que lo ha perdido todo porque no le queda nada que contar.La transparencia siempre ha sido compañera del poder, pero solo idílicamente. De hecho, el poder nunca es transparente. Se retroalimenta del secreto, de las expectativas y sueños creados en los devotos ciudadanos. El poder sin misterio es un oxímoron, a las personas nos gustan los misterios. Por esto nos pasamos la vida tratando de descubrirnos a nosotros mismos.

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