LA VELETA
La cultura y los Goya
Durante ya largos decenios una serie de personajes mayoritariamente dedicados al espectáculo parecen tener la convicción que la cultura son ellos, solo ellos y nada más que ellos. Aún peor, dentro de ellos mismos, si alguien se sale de la parva ideológica e incumple alguno de los mandamientos de obligado cumplimiento dictado por el Sanedrín de la Santa Inquisición, deja también y al instante de serlo. A la pruebas me remito con lo sucedido con Karla Sofía Gascón, esa pobre criatura catapultada primero al cielo «woke» y despeñada de inmediato después al infierno «facha». Lo más amable que alguno ha osado decir en su favor es había que perdonarla. ¿Perdonarla por qué? ¿Acaso carece del derecho a la libertad de expresión? ¿Quiénes son ellos para decir lo que podemos o no los demás pensar y sentir? Pues sepan y teman, que, en efecto es así y ¡ay! de quien se atreva a trasgredir esa norma. Está acabado y de inmediato será arrojado a las tinieblas exteriores.
Los Goya, esos premios que de existir el mismísimo don Francisco no se lo darían jamás a él, son el gran escaparate de esa cultura que pretende ser única, excluyente y fuera de la cual no hay sino lagrima, soledad y crujir de dientes. No les negaré, ni se debe ni se puede, ser parte de la Cultura, y con mayúscula si quieren, pero solo una parte, una porción y no precisamente la que más aporta al sector. El mundo cinematográfico hispano y de subvención cada día vacía más las salas y es experto en ahuyentar al personal. Por sus parlamentos lo que pareciera que ellos quieren ser en realidad no actrices ni actores, ni directores, ni guionistas ni directores sino dedicarse a la política. Y no solo a la nacional, sino que muchos tienen grandes ansias y expectativas de internacionalidad. Según iban saliendo iban salvando al mundo y destruyendo a los malos. Parecía la ONU en uno de esos comités donde Venezuela y Cuba son los jueces que velan por el respeto a los Derechos Humanos. El Jefe, ¿cómo no?, los honró con su presencia y repartió sonrisas y abrazos, y promesa de millones para que puedan hacer 300 películas al año, de las que ni veinte siquiera ha conseguido un mínimo de gente que las vaya a ver. Las demás, y nunca mejor dicho, dinero a fondo perdido, pero a los bolsillos «amigos» que es donde debe ir. Fue precisamente la productora de una película, La Infiltrada, de las menos agraciadas en el reparto, pero casi la única española que ha llenado salas, la que más, y cubierto costos, quien en un acto de coraje y valentía, levantó con dignidad la voz, se salió de la parva y habló, al hilo de la propia película, de los olvidados por las memorias falsarias: de las víctimas de ese terror etarra y de aquellos que con heroísmo combatieron contra ellos, cuyo recuerdo nos quieren cancelar. Es paisana mía, de Yunquera de Henares (Guadalajara) y se llama María Luisa Gutiérrez. Su discurso, dicen que molestó mucho a Sánchez y desagradó a bastantes de los presentes. Pero para muchas de las gentes de a pie, de lo que antes se llamaba el pueblo, ella ha sido la que de esa noche les animó a ver cine español.