Diario de León
Eduardo Aguirre

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Lo confieso, hice en casa el experimento. En la información se aseguraba que a partir de los sesenta años tu edad real la marca el tiempo que eres capaz de permanecer estático a pata coja. Es decir, tu equilibrio físico es tu d.n.i. Tienes la edad que tu esqueleto aguante así, sin tambalearte o poner el pie en el suelo, o tú mismo caer. ¿Quién dijo miedo? Una amiga médica me dijo que la noticia tenía fundamento científico. Al parecer, nuestras piernas son un libro abierto. «Mi difunto falleció a los noventa y nueve años mientras hacía un salto del tigre», me argumentará mi lectora centenaria. En efecto, de algo hay que morir, pero se me ocurren otras formas más llevaderas que estrellado contra el cabecero. «Vale, probemos lo de la pata coja», me dije. Primero sobre la izquierda. Uf. Soy de letras, ¿cuánto es un segundín? Después, sobre la derecha. Doble uff. Una milésima de segundo menos en Canarias. Quién me mandaría. Según tal diagnóstico, mi edad real es una cifra entre los 200 años y los cuatro siglos. Genarín se tambaleaba menos de regreso a casa. Ah, la edad. Me gustaría que mi padre hubiese muerto de anciano convencional, y no envejecido prematuramente por el tabaco. En casa, Marta continúa ensayando a diario la obra de teatro que prepara con su taller municipal para los mayores; una versión en microrrelato de La Fierecilla domada, de Shakespeare. Le digo: «Tu ensaya en voz baja, no vayan a creer los vecinos que ahora de previejo me he vuelto machista». Y nuestro hijo luce una elegante media barba que a mí mismo tenerla me hubiese llevado tres o reencarnaciones sin afeitarme. Sí, ¿no es misteriosa la edad?

Por cierto, hablando de equilibrios, ¿de dónde han salido tanto político peligrosamente desequilibrado? Y lo mismo ellos sí pueden permanecer horas a la pata coja. A los malvados lo suyo no les deja agujetas, son metódicos y de piñón fijo. Nunca dejan sus maldades a la mitad.

El anhelo de bien mantiene un corazón en forma, en los días lluviosos y en los soleados. Un solo segundo de amor del bueno —incluso de percepción sobre este— justifica toda una vida. Y este viernes les escribiré sobre San Valentín, que es su día. Me pregunto cuánto resistirá este santo a pata coja.

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