Inflación y devaluación
Cien duros son tres euros. Un millón de duros son treinta mil euros. Así no hay quien llegue a millonario siendo honrado, salvo que un retoño te salga futbolista o político. El otro día me lo contaba una madre indignada: «mi hijo ha ganado el primer millón en antiguas pesetas ciento cincuenta veces, y todavía no es millonario en euros». Al cambio no le falta mucho, dinero llama a dinero y ese muchacho, mientras no se enrede en alguna pirámide de criptomonedas, alcanzará a cumplir el sueño de su madre más pronto que tarde. Pero cada día está más caro ser millonario, «porco governo». Nos reíamos de los perroflautas, pero cómo están las elites, madre.
Somos muchos los que, pese a haber nacido en la pasada centuria, ya no traducimos los euros a pesetas, que hemos progresado aceptablemente en la inmersión monetaria, aunque cuando hablamos de cosas del pasado tampoco las traducimos a la moneda actual y eso sorprende a los más jóvenes. Hay cierto cariño en ello, un gesto sentimental hacia nuestra propia historia y pasado personal: en las canciones de Tarna también salen perrinas y perronas y, aunque ni ellos ni nosotros llegamos a manejarlas, todavía se siente un repulgo de orgullo por conocer cosas de aquel mundo ya ido en el que habitaron nuestros abuelos. De alguna manera, esa traducción simultánea a la moneda con la que crecimos nos ayuda a permanecer con los pies anclados en la tierra, aunque algunas cosas sigan resultando extrañas: con los tres euros que va camino de costar una docena de huevos, antes salías de fiesta toda la noche, por ejemplo. La inflación, en los cinco lustros que ahora se cumplen de la llegada de la moneda europea, se ha disparado. Asistir, el pasado verano pasado, a la actuación de un pianista como Ludovico Einaudi en Avilés valía en torno a noventa euros.
Al hilo de lo de Ludovico, aunque terminemos con otro tema, decir que aquí, en León, tuvimos unos festivales de New Age en los que actuaron desde Wim Mertens a Michael Nyman, de Suzanne Ciani a Himekami, lo mejor de la música instrumental contemporánea. Lo que los últimos años se nos ha ofrecido son sandungueras gallegas y flamencos manchegos, que es un decir para decir que no se recuerda ya la venida de un intérprete con cierto marchamo internacional desde hace décadas. Pero esto no es inflación, sino devaluación cultural.