Diario de León
Eduardo Aguirre

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Entiendo por qué un día brincamos del agua turbulenta a tierra: ser ameba era un sinvivir. En la ducha de casa, el mayor peligro es resbalar, que el agua esté helada o que te entré champú en el ojo. Por supuesto, nunca me bañaría donde hay algo que meriende bañadores. «Pues en el Bernesga una vez pescaron un pez comecurrículos», me dirá mi lector amigo de la caña. Comestestículos, caballero, cometestículos. Uff. Aún recuerdo aquella noticia con escalofríos. Habrán visto en los informativos las imágenes del piragüista de 24 años engullido en un mar de Chile por una ballena jorobada. Fue escupido segundos después. «¡Otras, un okupa!», debió de pensar el crustáceo. «Tranquilo, tranquilo», le decía su padre, tras serle devuelto. Me ocurre a mí y tiene que subir Neptuno, hasta las piedras del fondo me hubieran escuchado los improperios. Una bióloga marina ha explicado que la ballena jorobada no le podía haber comido del todo, porque su garganta es muy pequeña y además no tiene con qué masticar. Ya, pero miden entre 12 y 16 metros y pueden llegar a pesar 36.000 kg. No es un patinete de mar.

Pero tampoco toda tierra firme es segura. Nunca he olvidado el cuento de Garbancito, el niño diminuto al que sus padres adoptivos tenían frito a recados hasta que un día se lo come un buey y ellos le buscaban por los prados: «¡¡Garbancito!! ¿Dónde estás? Tienes que ir a por leña, dar de comer a las gallinas, hacer la cena, cortarle las uñas de los pies al abuelo, ir a comprarle tabaco a la abuela…». Y él —santo varón—: «Aquí, en la tripita del buey». Y eso que todavía no habían abierto el restaurante El Capricho, donde por tamaño los bovinos pueden comerse a Garbancito y a todo el censo de personajes de la Ilíada, incluido el catálogo de las naves. Por supuesto, eludo especificarles por dónde fue expulsado el niño, quien desde ese día cada vez que le mandaban a un recado rompía a cantar no ya aquello suyo de «Pachín, pachán, pachín», sino el rumbero: «Tú lo que quieres es que me coma el tigre». O así creo recordar el cuento, siempre me gustó darles mi toque.

Pero hoy Europa entera puede ser pasto tiburones. Somos su festín económico, más nos vale no naufragar. Estos escualos de tierra sí tienen fauces.

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