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Si hoy hay entre nosotros una España de las fosas es la España vacía, la que han dejado abandonada en la cuneta, la España fusilada en nombre del Progreso mal entendido. Obligada, además, a asistir a su propio entierro. Porque ese lento apagarse de décadas que se agravó cuando los paisanos de los pueblos comenzaron a emigrar a las pequeñas Alemanias de Bilbao o Barcelona, en los años del desarrollismo, por buscarse la seguridad de un sueldo frente a la imprevista climatología del agro, ahora mismo es un espectro shakesperiano o un fantasma comaliano. Una sombra de aldeas enterradas bajo toneladas de agua en los pantanos construidos durante el franquismo y en el posfranquismo de la democracia, no lo olvidemos, o bajo quintales de abandono y soledad, promocionada por las recientes políticas de lento descuento de obras y servicios: indolencia oficiosa e incuria oficial, escuelas desiertas y ambulatorios cerrados, apenas disimulada con la limosna a bombo y platillo de una conexión a internet.

Lo que se está haciendo con los pueblos no es algo nuevo, responde a una estrategia que se ha demostrado efectiva en otros «crímenes de Estado», pero tampoco antiguo, porque se está aplicando tal cual al pretendido cierre del tren de Feve que vertebra la montaña leonesa: una apacible agonía supervisada por estudios, comités y políticos apesebrados. Básicamente consiste en otorgar la razón, demorar hasta el infinito cualquier decisión operacional y aplicar una política paliativa y terapias del dolor hasta que el asunto caiga de maduro en el olvido. Mínimas prebendas amorales, igual que si nos estuvieran diciendo: «Vosotros disfrutadlo, como los mineros sus jubilaciones, mientras terminamos, como hicimos con el carbón, de clausurar vuestro presente».

El presente clausurado de los pueblos es una inminencia. Una realidad que se han confabulado a derecha e izquierda para que sea silenciosa, achacable a la globalización, irremediable dentro del decurso actual del mundo. Pero no nos engañan. Si ahora resucitan desde el gobierno los cincuenta años de Franco y la madre que lo parió, el comodín del dictador y las dos Españas, no es para conmemorar ni para opacar asuntos que a la ciudadanía corriente ya nos importan una higa pinchada en un palo, sino para aturdirnos, para que no pensemos ni veamos, para que no protestemos mientras terminan de matar nuestros pueblos. Las cunetas de ayer para tapar las zanjas abiertas de hoy: la España rural ahora fusilada por todos ellos, sin excepción.