CORNADA DE LOBO
No cree en Dios
Ahora es Juan Carlos Monedero —no parece apellido indicado para un redentor de parias, pero lo es para recibir dinero venezolano— al que enchufa el foco de la violencia sexual al denunciar dos mujeres ante Podemos en septiembre de 2023 episodios que hoy salen a la luz, aunque no pocos aseguran haber conocido ya el asunto hasta en pormenores que podrían pasar a pormayores (y ayer, otra más, una alumna de la Complu con la que se pasó). Una se refería a «manoseos» y «tocamientos en la cintura y el trasero» (el juez de Errejón habría dicho culo lo mismo que dijo tetas como sobándolas, tetas que en este caso no constan... por ahora). Y Podemos alega que fue apartado de la dirección tras conocerse los hechos y su conducta. En todo caso la etiqueta de «violencia sexual» (en la que cabe del baboseo al abuso y del cachete a la violación) ya le queda grapada a la oreja lo mismo que el crotal en las vacas; y no logrará desprenderse de ella por más que abanique con la cabeza. Tampoco le faltan enemigos para que ardan las redes y se exageren rumores, dimes, diretes y algún infundio, pero... Por ahora se habla de unos tocamientos que la sensibilidad actual califica de hechos muy graves, asunto en el que, sin embargo, la secular moral penitenciaria católica establecía grados en su depurada casuística, pues distingue el confesor entre sobar y fornicar, entre la baba y el flujo, entre lo venial y lo mortal. «Ya, hijo mío, tocamientos, pero ¿sobre tela o sobre piel?», precisaban los confesores del Opus asignando la pena correspondiente a cada caso, aunque no parece que a Monedero o a Errejón pueda caberles tal misericordia. De abusadores sexualmente violentos les define ya la sentencia más piadosa, escandalizando aquí en especial el verse acusados líderes de izquierda aguda con medalla de adalides del feminismo y su «yo te creo» o el «no es no» por bandera (o pendón). Y no faltará quien sume al caso el poblado tálamo de Pablo Iglesias, promiscuidades y curiosos amores libres... libres de luz y taquígrafo. Sócrates insiste en que esto sucede tanto en el fachita machorro como en el lindo rojeras porque «pijo tieso no cree en Dios».