Diario de León

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Lo fue todo en su oficio de actor y en su propia vida al caberle en 95 años mucho vivir y una larga retirada de dos décadas en su ranchito en Santa Fe, Nuevo México, mirando a las Rocosas, pasando de focos, alfombras y brillos, escribiendo algunas novelas, pintando, paseando en bici, perfumando las horas con música y pelis junto a su mujer, pianista clásica, Betsy Arakawa, a la que sacaba 32 años... y todas esas cosas que el lector ya conoce tras saber que hace tres días aparecieron muertos en su casa Gene Hackman, su esposa y su perro sin más signos extraños o violentos que hagan suponer otra cosa que no sea una decisión personal, un finalizar voluntario decidiendo su último camino y destino, aunque la investigación no se ha cerrado. De la vida uno nunca es dueño por lo general y de lo único que puede adueñarse es de la muerte, ya sea por claridad de ideas y conciencia o por alguna razón desesperada. Pero ¿el perro?... Ese perro, a lo que imagino —y con sus tres hijos lejos-, era su paisaje de hogar, como familia, ¿cuántos años estuvo con ellos?, y no quisieron que faltara a su excursión al más allá donde le echarían de menos. Nos vamos los tres a escalar nubes, pudieron decirse. Y también hay que decir que si es importante la calidad de vida, tanto o más es la calidad de muerte, que por eso cantaron siempre las devotas novenarias del Cristo de los capuchinos, arrastrando notas y zapatos, el «dainos, Señor, buena muerte por tu santisíma muerte». ¿Calidad de vida?, ¿qué calidad de vida podía esperar Gene Hackman cuando el alzheimer iniciaba ya galopes en su cabeza y el andar se le hacía trampa y un peldaño precipicio?...

Si la cosa fue como se supone, muchos se escandalizarán, pero el suicidio no deja de ser una piadosa eutanasia que sigue condenando el de férreos principios religiosos; y si hay que pagar un peaje en penalidades y postración con finales dolorosos porque lo manda el Cielo, pues lo paga, logrando así que uno no se mate, aunque tenga que ir matando de paso a la familia o a quien esclavice su atención. ¿Qué hacer aquí cuando ya no se puede hacer nada?, fue la pregunta envenenada que nos dejó Sócrates.

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