Diario de León

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Días atrás roían estaca en papeles y teles los castores, especie invasora ya española a la espera de papeles. Han colonizando no pocos de nuestros ríos. En 2003 aparecieron los primeros en el Ebro y el Miño y ese es el origen de su expansión en la península. Los trajo ilegalmente una ong belga y procedían de Alemania donde se reintrodujo el castor europeo por lo legal hace algunos años, igual que en otros quince países de esos nortes. Y alguien pensó que faltaba España. Después aparecieron castores en el Duero, entre Zamora y Portugal; en el Guadalquivir de Jaén; y en el Tajo hace poco donde prosperan felices; en Guadalajara... también en Castilla (¿se sabe algo de León?), y en Rioja, Navarra... toma castores, exótica especie nunca vista. Bueno, tampoco vimos cormoranes hasta anteayer. La vida silvestre se mueve, avisa. O la mueven.

Hay quien defiende con criterio de biólogo lo bueno de esta reconquista (¿hubo alguna vez castores en España?) y hay quien bufa maldiciones porque cultivos y árboles se los troncha en una noche una pandilla de castores; y creyendo joderles, les destruye las presas de leña que construyen para retener caudal y lo único que logra es que vuelvan al afán duplicando frutales y chopos roídos. Pero esos pantanitos que hace el castor le vendrían muy bien a nuestros ríos altos creando puertos cuando los estiajes dejan sólo una meadita de ángel entre morrillos. Eso lo resolvían antes las presas de riego, pero se las llevó el demonio hidrográfico y el euro hidráulico; y perdió la trucha, a la que hoy el castor podría ayudar de lo lindo. Además, la ley europea le protege, pero muchos llamarán Franco a este castor por su obsesión pantanera y no pocos le acusarán de emigrante ilegal, aunque no protesten por la tortuga de Florida en el Manzanares, el cangrejo azul en el delta del Ebro, los bisontes americanos que trajo un ricacho a León, búfalos de agua aquí, en Liegos... o el cangrejo señal que nos vino de Noruega y el rojo del Mississippi... el hucho, el mapache, el visón americano... También la vida silvestre conoce la globalidad pegándose al casco de un buque, a un tonto lila o variando vuelos.

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