TRIBUNA
Abandonad toda esperanza
Es necesario recobrar y defender los valores que nos definen como pueblo y que se han ido disolviendo, desapareciendo por mor de una política ramplona, cortoplacista y embustera

Esta famosa frase, escrita a las puertas del infierno en la Divina Comedia de Dante, expresa con toda crudeza la desesperanza, la pérdida de toda posibilidad de un futuro mejor. Y ya se sabe que el ser humano sin esperanza es un juguete roto, un ser vacío de contenido que no le queda otra que quedar al albur de una naturaleza que podrá ser bondadosa o cruel, según las circunstancias.
Trasladada la famosa frase a la situación política del Gobierno español actual, asusta la similitud en la respuesta, pues está sobradamente demostrado que él no pretende gobernar la nación, sino que trata de permanecer, sea como sea, en una posición de «vencedor» sobre el contrario. Si creéis que va a cambiar sus métodos de ejercer el poder en beneficio propio y no en favor de la colectividad, abandonad toda esperanza. Si esperáis que una «caída del caballo» a lo Paulo de Tarso pueda cambiar su rumbo, abandonad toda esperanza. No esperéis la verdad del mentiroso ni la humildad del narcisista. Lo mismo que no esperéis que el tramposo respete las reglas del juego, porque hará todo lo que esté en su mano para lograr su objetivo al margen de la ética y la justicia. Es más, intentará engañarte y hacerte creer lo contrario. Eso sí, se arrogará el protagonismo, la autoría total de los frutos y éxitos alcanzados por la sociedad, aunque él haya contribuido escasamente en ellos, e incluso a pesar de él. Tampoco esperéis que los oportunistas (algunos carroñeros), aunque se disfracen de ocasionales invitados al banquete, vayan a abandonar la comida (incluida la carnaza) que les regala el «mesonero mayor del reino», y a veces carroñero mayor del cotarro, a cambio de sus votos. Tampoco esperéis que los vasallos se opongan al todopoderoso macho alfa de la banda. Si esperáis que el zorro cuide de las gallinas, ya que va en su naturaleza hacer lo contrario, abandonad toda esperanza.
Una vez constatado que de nada sirve esperar el milagro, que no se producirá jamás, ¿hacia dónde se puede dirigir nuestra mirada de auxilio y de esperanza? ¿Esperar pasivamente a nuevas elecciones? Cuán largo me lo fiais, se regodea el Gobierno con la idea. Es posible que, haciendo un ejercicio de fe, al estilo religioso del término, creamos que los partidos políticos de la oposición deberían ser capaces, si no de revertir la situación, dadas las circunstancias, sí, al menos, de embridar el caballo desbocado del gobierno. Pero, ojo, a un caballo desbocado no se le sujeta pidiéndole que, por favor, pare su alocada carrera. Para lograrlo se requiere mucho esfuerzo, maña, decisión sin fisuras, valor (recordad la advertencia y la mala leche cuando se la tilda a una parte de la oposición de «derechita cobarde», al margen de que ésta no ande muy fina y bastante acomplejada), contundencia en las formas y contenido del mensaje, perseverancia, unión y estrategia común para, al fin, conseguir frenar el descontrol del desbocado. Si eso no se produce, abandonad toda esperanza. Por otra parte, ¿sería posible que el propio Partido del gobierno se revolviese contra el impostor, por haber traicionado éste los auténticos principios del mismo? Sería deseable, pero, tal como están las cosas, abandonad toda esperanza.
¿Acaso la Constitución, la Justicia (al margen de lo horadado del «aparato» de esta última y el «retorcimiento» de la primera) no proporcionan esperanza? Claro que sí, pero hay que tener cuidado y fortaleza en conservarlas. Si fallan por miedo o haciendo componendas con el trilero, abandonad toda esperanza. ¿Y la Monarquía como Jefatura del Estado, de qué puede servir si se permite que se la ningunee, se la relegue a un papel cara a la galería poco más o menos que el de representación en el papel cuché? Si lo consentimos, si aceptamos sin más que el Rey reina (limitando dicho concepto a una referencia desfasada y/o lúdica, mundana o divertida del pasado), pero no gobierna (incluido aquí lo omnímodo del concepto del poder que se arroga el felón), abandonad toda esperanza.
Nos queda o quedaría otra esperanza, la del «rugir» de la sociedad, el pueblo que lo que desea es paz, trabajo, seguridad y entendimiento entre los dirigentes del rebaño. Sabemos que éste puede vivir tranquilo, pero también huir en estampida arramplando con lo que encuentre a su paso si se le provoca en demasía. Si la unión del pueblo, compartiendo afectos, creencias, historia, incluidos los mitos y leyendas, buscando un futuro común no se produce, abandonad toda esperanza. Es por eso que es necesario renunciar a simplemente pastar en un presente engañoso trufado de mentiras y manipulaciones. Es necesario recobrar y defender los valores que nos definen como pueblo y que se han ido disolviendo, desapareciendo por mor de una política ramplona, cortoplacista y embustera. Será entonces, cuando el pueblo despierte, cuando se podrá poner en marcha una política centrada en el bien común y teniendo a la Ley y a la Justicia como los verdaderos pilares de la misma. Si esto no ocurriera, abandonad toda esperanza. Sabed que el germen patógeno de la autocracia ya ha infectado a la democracia, la cual acabará tocada, muy tocada, y que terminará sirviendo únicamente de envoltorio o de huésped para el agente invasor, ese virus o parásito portador de la dictadura. Si eso no lo impedimos, abandonad toda esperanza.
Si, por el contrario, lo logramos, habrá que hacer el necesario ajuste de la Constitución, la reforma de las listas electorales y su representación correspondiente, la participación adecuada de los partidos minoritarios y su influencia proporcional en la política de todos, el control efectivo del gasto público, el equilibrio y respeto de los distintos poderes del Estado, y ya no digamos de la Monarquía, etc. Hoy en día repugna constatar la manipulación de un poder sobre el otro, el despilfarro de gastos en asesores y ayudantes con prebendas cuyo mérito y contenido son fijados en función del amiguismo o la simpatía del partido en el poder, que ya ha perdido el mínimo pudor al hacerlo, jactándose incluso de ello. Igualmente sería necesario entroncar la ética con la legalidad, sujeta ésta no pocas veces a interpretaciones interesadas excluyendo la moralidad del contenido y ateniéndose, exclusivamente, a la literalidad del postulado. Habría que limitar los poderes a lo que verdaderamente están referidos en la Constitución si queremos evitar el deslizamiento hacia una autocracia sin control, porque ya está demasiado presente en nuestra reciente historia democrática dicho deslizamiento, incluidos el uso y el abuso de las figuras del indulto y de la amnistía.
Nos queda Europa, proclaman los más «europeístas». Pues bien, si Europa sigue con la empanada mental actual, abandonad toda esperanza. Resumiendo, (y permítanme la licencia al referirme una vez más a mi paisano Jorge Manrique) estamos ante la disyuntiva de: «recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte…» (es decir que reaccionen quienes viven soñando y tomen consciencia de la realidad) o bien, contemplar «cómo se pasa la vida…» (en medio de un pasotismo envolvente, y cómo se aprovecha de ello el listillo y torticero dirigente…). Si escogemos lo primero hay esperanza. Si preferimos lo segundo, abandonad toda esperanza.