Diario de León

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Ahora que los veinte mil manifestados del 16-F han reclamado al mundo (es decir, a Madrid) el derecho de León a librarse de la tutela (es decir, la suela) de Pucela, es hora de proclamar desde esta Tribuna el membrete de honor que es ser león, es decir, ser leones (o leonesa, vaya).

Soy león, soy leonés y me gustaría que a los leoneses se nos viera, no como esos «garrulos con boina que espían detrás de la seve» que decia don Trapiello, sino como los bravos que habitan el país donde ruge el león. Los tataranietos de los que, hace un milenio, escaldaron al Califa de Córdoba en Simancas, (ya llovió, ya) y asentaron los muros de lo que sería en el futuro la nación que hoy poblamos. Y me gustaría hacer, una desesperada apeladera a la antigua hombría de mis paisanos para decir ¡basta! a tanta humillación. Estos cientos de jóvenes que tienen que emigrar, cada año, a tierras más prósperas para esquivar la parálisis de la propia, son los herederos de los intrépidos que hace un milenio y cuarto se asentaron en estos montes y riberas y las defendieron con sus hachas y sus guadañas del acoso de los forajidos del Islam. Una gesta que solo tiene parangón en los osados granjeros del Far West que tanto aplaudimos en la mocedad los que ahora nos jubilamos. Esos hombres y mujeres que bajaron de las Asturias y Galicia y subieron de La Mancha y Andalucía, sojuzgadas por las hordas magrebíes, en busca de esperanza para sus vidas fueron homes de behetría, el honor más alto que le cabía a un plebeyo en los brutales años del primer cambio de milenio. Contaban con la protección del rey de León y este les reconocía el derecho a elegir sus tierras y a elegir a su señor, privilegio solo para los que arriesgaban su vida en la defensa del Reino. No puedo creer que de ese linaje insigne de hombres y mujeres, que hicieron frente y resistieron al Islam, solo queden esos pocos millares de nonagenarios que sobreviven en nuestros pueblos aniquilados o en los, no mucho más numerosos, que escaparon a las pocas ciudades que nos quedan. Nuestros jóvenes nos dejan; los parimos, los educamos y luego se alejan, nos abandonan porque aquí no hay fortuna para ellos. Los que se alimentan de esa sangría son los mismos a los que jaleamos, los capitalinos de la maldita autonomía y de la misma España. Debemos plantarnos, mandarlos al carajo, lo mismo a los que pueblan las riberas del Manzanares que a sus sicarios de Pisuerga que nos extraen la viva sustancia de nuestra savia. Somos el linaje más noble de la piel de toro, los herederos de los bravos astures que hicieron frente a los romanos saqueadores de nuestro oro del Bierzo y las Omañas, y nos dejamos licuar por burócratas-marioneta a los que podríamos firmes con un solo gesto perentorio. No puedo creerlo y no lo quiero aceptar. Hace bastantes años, yo mismo, recién salido de la Universidad, hice una encuesta para este Diario, con el Instituto Sociológico Leonés, para conocer la elección de los leoneses en el puzle de autonomías que entonces se dibujaba. Veníamos de una dictadura, donde solo cabía la obediencia a la autoridad, y los leoneses no sabían a qué atenerse, ignoraban su historia, habían perdido su lengua, y se dejaron llevar por los voceros pagados de los medios locales. Unos políticos infaustos nos vendieron malamente a los esbirros pucelanos y así nos ha ido. No quiero acordarme de sus nombres para no incitar la furia de quienes pueden querer respuestas. Comparad lo que éramos hace cincuenta años, en el conjunto de España, y lo que ahora somos. Del puesto quince, en renta provincial, al cuarenta. Ahora abocamos una nueva encrucijada, las reglas de la Transición de los setenta están muertas. Llega el momento de decidir de nuevo y ¿estamos preparados? El puzle de las autonomías, como el de todo el Estado, está patas arriba y si no aprovechamos esta coyuntura, volveremos a perder. Ahora ya sabemos que con los castellanos, ni agua. Nos robaron un reino hace mil años y ahora nos arrebatan los despojos. Ahora ya sabemos que nuestras raíces las tenemos ancladas a ambos lados de la cordillera; compartimos la genética de los bravos astures con nuestros primos hermanos del otro lado del Negrón, ¿verdad que un cazurro se siente en casa al otro lado del Pajares y lo mismo un babayo, con cariño, a este lado? Son esas señales de la sangre las que nos indican el camino. Los genes no engañan, juntos asturianos y leoneses, astures todos, trasmontanos y cismontanos como antes que la espada de Roma nos doblegara. Juntos seremos respetados y volveremos a tener lo que perdimos, porque somos una raza de señores, de dueños de su honra y su libertad, como los homes de behetría que conquistaron estas tierras hace un milenio y cuarto. Y si los asturianos no quieren que «con su pan se lo coman» y «que San Pedro se la bendiga».

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