Diario de León

Creado:

Actualizado:

Es una ironía macabra que cinco leoneses hayan muerto en una mina cuando en León el carbón ya parecía historia. La pérdida de cinco vidas suma dolor sobre dolor en unas cuencas abatidas y olvidadas a las que han venido a llorar altos cargos de la política nacional y autonómica, seguramente desorientados porque no situaban en el mapa estas lejanías oscuras que tanta luz dieron a un país ingrato y desagradecido con sus montañas y sus gentes. Nadie imaginaba que cinco nuevas víctimas del grisú iban a ser enterradas en las cuencas enterradas. Que el duelo de la mina se iba a repetir y que, otra vez, la onda expansiva de la solidaridad minera iba a enlutar los corazones de las cuencas con un negro más negro y húmedo que el carbón.

La tragedia al otro lado de la frontera provincial y autonómica, inexistente en la vida real entre Laciana y Asturias, no es que la mina mate después de muerta. La verdadera catástrofe no está en ese vientre oscuro del Carbonífero envenenado por el grisú que circula desde las entrañas de la Tierra. El cataclismo es la suma de todos los interrogantes que se ciernen sobre una explotación que no tenía permiso para la extracción de carbón y por la que el Estado había pagado siete millones de euros para que cesara su actividad.

Las muertes en la mina, las vidas asfixiadas o quemadas por el grisú, las aplastadas por costeros o derrabes, siempre tienen una explicación. Y una vez encontrada esta verdad se sabe si fue puramente accidental o hay responsabilidades humanas, técnicas, empresariales e incluso de la administración. La ventilación en una mina es lo elemental y después está todo lo demás. La consejera de Transición Ecológica del Principado, Belarmina Díaz, leonesa de nacimiento e ingeniera de minas, lo sabe bien. Una denuncia como un tiro de un don Vito que parece san Vito se lo recuerda.

Ahora también se trata de ventilar. De investigar y airear. Caiga quien caiga. Porque hay otro grisú que hay que expulsar de esta mina social en la que vivimos, con luz y taquígrafos, para que no nos asfixie con la mentira corrompida, con la justicia detenida en injusticia, con el lavado de cara de oportunistas o la postura del avestruz de quien tiene que velar por la seguridad de las minas, vivas o muertas.

La fecha del 31 de marzo de 2025 quedará grabada con letras oscuras en familias y vecinos desgarrados por la muerte de Iván, Rubén, Jorge, Amadeo y David. Como intacta y negra sigue en los corazones de otra cuenca la fecha del 28 de octubre de 2013 en la que seis mineros —Orlando, José Antonio, Manuel, Juan Carlos, Roberto

y José Luis— perdieron la vida en la cuenca de Ciñera-Matallana por un escape de grisú. Once años y medio después y dos desde el juicio aún no hay sentencia. No hay justicia. Nunca la hubo para las diez víctimas del grisú del pozo María en 1979, para las nueve de El Socavón en 1952 ni las 14 de Casetas en 1954. Ni la batalla ganada, como la de las viudas de Cofasa, devolverá nunca sus vidas.

Nadie imaginaba que cinco mineros víctimas del grisú tuvieran que ser enterrados en las cuencas enterradas

tracking