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No había leído textos del arquitecto Mauro Gil-Fournier (1978), hasta que Susana Vergara me mandó fragmentos de Las casas que me habitan; quedé fascinado por unas reflexiones muy personales, pero también compartidas por muchos: cambiar para crecer, crecer para cambiar. Conque asistí a la presentación del libro —integrada en el programa de la Feria de Editores Emergentes—, planteada como un distendido diálogo entre la periodista y el arquitecto. Sus páginas nos hablan de aquello que nos construye y/o reconstruye; por extensión, también de aquello que nos convierte en ruinas, incluso —o sobre todo— bajo el espejismo del estrés. Si estamos habitados por casas, necesitamos un callejero; si somos territorios, guíame en mi regreso al que soy, déjame guiarte hasta quien realmente eres. Los espacios pueden enfermarnos o sanarnos, proclama Gil-Fournier. Nos describe la casa de la ansiedad, la de los egos escondidos, la de las culpas… y cómo abrir ventanas y balcones en las mismas. No son utopías. Su Casa del Descubrimiento puede ser realidad en Barcelona, para descubrir a los demás y descubrirnos en ellos. Admite que sus planteamientos tienen su origen en una crisis personal; suele suceder, solo el amor sabe más que dolor.

Propone que nos convirtamos en «arquitectos de nuestra propia vida», y esto nada tiene que ver con el individualismo. Nos invita a descorrer nuestras cortinas mentales, a la paradoja de crecer para ser niños de nuevo. Un libro cargado de verdades.

Vergara terminó con esta pregunta: «¿En cuál de tus casas colocarías a Donald Trump?». Entonces, coherente con sus convicciones acerca del poder modificador del urbanismo afectivo, nos regaló una respuesta luminosa: en la Casa del Descubrimiento del Otro, donde se sintiera a gusto y así pudiese comprender la importancia de los demás. «Donde él pudiera escuchar», argumentó, sin descalificar al mandatario, ni contagiarse de lo que rechaza en él. Todo lo que había expuesto en el diálogo quedó sintetizado, con conmovedora coherencia. Susana Vergara asintió cómplice y con ella quienes estábamos allí en la sala, felices de compartir vecindario espiritual, de sentirnos adultos de regreso al barrio de la infancia. Gran final. Ah, la vida…