CANTO RODADO
Sin comuneros y sin comunidad
Los comuneros representan la defensa del bien común frente al abuso del poder, algo que urge en el siglo XXI

Unos jóvenes contemplan una representación pictórica de Villalar.
El mantra de que en León no celebramos derrotas caló tan hondo que hemos perdido la ocasión de acercarnos al significado real de la revuelta comunera. El desprecio a Villalar desde esta atalaya, por ser la fiesta de una comunidad que no nos gusta y de la que formamos parte, nos ha llevado a la aberración histórica. Y así Villalar es manoseado por unos y por otros.
La defensa de lo común, que viene a ser lo que significa comunero o comunera, es algo universal. Lo puede suscribir el León de los comunales y hacenderas, la Bolivia de las mingas o cualquier pueblo indígena que reclama la soberanía sobre su territorio,sus bienes y sus saberes. Aquí se ha convertido en sinónimo de apestoso castellanismo. Se ha perdido la oportunidad de que Villalar fuera la campa de todas las reivindicaciones. Incluso de la que aspira a una autonomía leonesa.
Durante años, el espíritu de Villalar fue amortiguado por la Junta —y todos los que hicieron de comparsa— con una visita oficial de todas las cabezas visibles del Gobierno, la oposición y los sindicatos capitalizando la fiesta. Ahora han pensado que lo mejor es dinamitar Villalar. Hacen conciertos y organizan marchas solidarias —¡qué falta de pudor!— en un trasunto de fiesta descentralizada con el mando bien amarrado desde el poder.
Es la demostración de que hemos perdido la capacidad de defender lo común. En los pueblos porque ya no queda gente, en las ciudades porque nos han hecho creer que es suficiente votar cada cuatro años y ya nos dan todo hecho, mientras nos explotan hasta la extenuación los verdaderos amos del universo. En nuestra vida cotidiana, porque hemos perdido el sentido de comunidad y no tenemos donde asirnos como no sea un mísero móvil, los pasillos de un centro comercial o la escapada a ninguna parte.
Los últimos vestigios de comunidades florecen a duras penas en proyectos de vida alternativos, en pequeñas manifestaciones culturales o festivas en el mundo rural, asociaciones que trabajan por un objetivo común... El mismo éxito de la Semana Santa en el siglo XXI, en una sociedad más secularizada que nunca, episodios escandalosos en la iglesia, como los abusos sexuales o su retraso en reconocer el papel de las mujeres, hay que buscarlo en en ese sentido comunitario que las cofradías han logrado transmitir o reinventarse.
El espíritu comunero no debe olvidarse ni aniquilarse. En León también hubo comuneros. Lo fueron los Guzmanes, apresados y desposeídos, defendidos desde el castillo de Toral por María de Quiñones, y lo fueron el prior de Santo Domingo y el canónigo de la Catedral Juan de Benavente que arengó la revuelta en Valladolid. Sin comuneros no hay comunidad y seguirán imponiendo su Comunidad.
Lástima que la bandera de León no ondee, luchadora, en la campa. Como dice el escritor irlandés Paul Murray, «la tragedia de ser una persona en el siglo XXI es que crees que puedes vivir fingiendo que no necesitas a nadie, pero no es verdad».