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El único modo de saber si los restos de san Isidoro son o no son —y es muy probable que no lo sean, prosiguió Otavito— será dejando a la ciencia que lo investigue, pues la tecnología de hoy logra averiguar desde qué comía el hombre de Atapuerca al mal hepático que llevó a la tumba a la reina Urraca o el polen de las flores que adornaron su funeral. Sería revelador que pudiera entrar la ciencia en el universo de las reliquias que desde los primeros siglos del cristianismo fueron un eslabón milagrero para encadenar la fe ciega del pueblo y atraer devotos (limosnas) en su gran expansión de templos, desatándose rivalidades por obtener las más increíbles o exóticas... y sin cortarse un pelo en asegurar que se trataba de un prepucio del Niño Jesús (se veneran hasta 17) o su cordón umbilical, sus dientes (hasta 64 tienen culto), el cíngulo de la Virgen... o su leche (en Roma y Oviedo), clavos de la Cruz, la lanza de Longinos, espinas de la corona, el pañuelo de san Pablo, un estornudo del Espíritu Santo (se guarda en el Vaticano), el suspiro de san José, pajas del pesebre de Belén, plumas de arcángel, los restos de los tres Reyes Magos en la catedral de Colonia, la cola del burro que llevó a María a Belén, pelos de la barba de Belcebú, el salero de la Última Cena (estuvo en León) o lentejas de esa misma noche, o su mesa (aquellos judíos comían en el suelo)... o las dos más curiosas que se guardan aquí, en San Isidoro: la mandíbula de san Juan Bautista y un trozo de madera quemada de la pira que ardió cuando Abraham iba a sacriticar a su hijo Isaac por no tener un cordero... y no digamos el tal Grial... ¡cuánta trola bendita, cielosanto!... Y en pura ley, concluyó Otavito, en aras a la verdad y expulsar la mentira del templo, la Iglesia debería verificar sus reliquias y no seguir engañando «piadosamente» a los fieles con patrañas asombrosas de siglos pasados que la razón repudia y la verdadera fe niega. Están obligados, san Pablo lo ordena: «la verdad os hará libres». Pero no lo harán, aún vale el «se non è vero è ben trovato» o «de la alforja hasta el jumento todo es bueno pal convento». ¿Y aún se extrañan de que vinieran después luteros y calvinos?...