Utrero vive
Quedan las acacias que escoltan el vacío por el que antes se abría paso hacia al atrio en el que varaban las madreñas de los fieles cuando entraban a misa. Aguanta el caño con el pez salpicado de líquenes por cuya boca mana el agua que alimenta el pilón. Se adivinan los despojos de las murias que antes dibujaban la linde de las huertas. Resiste, tomado por la maleza y las ortigas, el cementerio, donde la lápida de una tumba descorrida con cuidado deja testigo de que los deudos cumplieron la última voluntad de los abuelos, cuyas cenizas descansan ya donde nacieron. Poco vestigio más remite a la existencia del pueblo que durante siglos habitó en ese recodo de Peñamián, en el balcón de la montaña del Porma. Pero su memoria la custodian los últimos vecinos que trancaron por fuera al salir en 1968, cuando el pantano se asomó a la puerta de sus casas para ahogarlos. Más de una veintena de familias, con el impulso de la asociación «El espíritu de las aguas», vuelven sobre sus huellas para que el olvido no sepulte lo que aún sobrevive y, cuando se señale con el dedo, haya quien pueda responder que ahí sigue Utrero.
Los descendientes de Utrero marcan objetivos modestos como el arreglo del cementerio, la fuente o el camino de acceso. El plan de rescate se abre a retos más ambiciosos, como levantar los muros de alguna de las casas para crear un aula de la memoria sobre las ruinas de las piedras cuyo expolio alentó la CHD, después de haberlo cedido para un campamento de Valladolid que abandonó destrozadas durante años las casetas de obra que les servían de baños. El empeño ahonda en la senda abierta desde el instituto de Boñar, donde profesores y alumnos han descrito dos rutas literarias desde las que asomarse al libro Distintas formas de mirar el agua, de Julio Llamazares. La experiencia alumbraría a quienes, Porma abajo, disfrutan del recurso para los riegos o el consumo sin reconocer, ni agradecer el esfuerzo de quienes fueron desterrados. Si CHD y las administraciones tuvieran vergüenza, apoyarían. Utrero vive, pese a ellos, en quienes sabemos que allí siguen los cimientos de las casas, como la de mi bisabuelo el tío Ramiro, en la que nació mi güela Rogelia; vive en el agua de ese caño con la que Inés y yo bautizamos a Martín y Mateo.